Uno no logra saber, a ciencia cierta, qué persigue (al menos, yo) -el destino no lo deja- y, quizá, lo único que le queda es mirar una luna bonita para imaginar un techo azul que lo cobije, y lo proteja, en esa adivinanza del deber ser.
El juego del destino es deslumbrar la razón, desajustar los sentimientos y merodearlo todo, con su astucia de laberinto, para retarnos a unir los fragmentos de los azares inoportunos, e inconclusos, en el recuerdo.
El recurso humano es tratar de volver espirituales las huellas mortales, presagiar la extraña alianza de las emociones con el pasado y el presente, y aprovechar cualquier intuición para reunirlas a contarse cosas para el futuro.
Esa versión intelectual del destino tiene el don de la imaginación y la bondad del alma, para convertirlo todo en libertad, hacerse pensamiento y magia -a la vez- y proyectarse hacia el horizonte para acechar imposibles.
Así, es capaz de deshilar el tiempo e invocar hazañas, hasta que una evidencia sabia guarde, en las pestañas de la nostalgia buena, aquellas cosas sublimes dignas de ser testimonio íntimo de la verdad interior.
La estrategia es aceptarlo con sumisión, acatar su antojo de intercambiar casualidades y dejarlo ser tan caprichoso, infiel y efímero, como el amor, que es ideal y, cuando tratamos de hacerlo realidad, se esfuma.
Creo que, en el fondo, el destino es bueno, y brilla de contento cuando uno está dispuesto a demostrarle su valor…Entonces, lo deja tomarse de la mano con las estrellas que vienen en tropel a contarnos que, su ilusión mayor, es querer hacernos -siempre- grandes…
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