Veamos el análisis que hace Sergio Fajardo sobre las elecciones presidenciales de 2022. Fajardo es un izquierdoso vergonzante, de modo que no lo hallamos sospechoso. Según él, si en la primera vuelta del 29 de mayo de 2022 su cuasicamarada Petro obtuvo 8.527.768 votos, ¿cómo se explica el incremento de 2.753.245 para la segunda vuelta? La respuesta la da de inmediato: mediante el fraude.
El cuento va a que la izquierda no sabe ganar limpiamente. Y este balotaje del pasado domingo 21 de junio no fue la excepción.
Por la derecha pura compitió Abelardo de la Espriella, El Tigre - marca ésta que adoptó y con que lo distinguió el fervor popular -, y por la izquierda radical o el comunismo rancio Iván Cepeda, a quien la gente llama “Muelas pichas”.
El abogado y empresario costeño consiguió 12.921.702 sufragios (el 49.65% del total), contra 12.673.392 (el 48,70%) del bogotano Cepeda.
No nos alarme la diferencia. Ganancia es ganancia, así sea por un voto. Lo esencial es que la diferencia de 250.000 votos con que venció El Tigre no significa gran cosa frente a los poderosos enemigos que tuvo que enfrentar. En su lucha por una “patria milagro” no hubo a quién no desafiara y quién no lo atacara con saña. Tuvo que lidiar, como un valiente, contra tres monstruos omnipotentes: el monstruo del gobierno, el monstruo de la corrupción y el monstruo del voto-fusil, y los abatió a todos.
No se pueden olvidar la prensa escrita y cadenas radiales y de televisión como Caracol, todas voceras del candidato del régimen comunista. Tampoco, la persecución de una corte contra el expresidente Uribe, aliado de El Tigre, para minarle la fama que crecía, pues ese no era más sino el mensaje de emitir una condena contra el hermano del exmandatario, don Santiago Uribe, días antes de las elecciones.
Pero también la izquierda se sirvió del poder judicial al llamar en estos días al doctor Uribe a indagatoria por un caso ya juzgado. No contentos con ello, los jueces se atravesaron de otra forma en la campaña arrolladora del Tigre al pretender imponer una dictadura de qué se podía decir, gesticular, usar y vestir: resolvieron mediante tutelas que los seguidores de De la Espriella no podían lucir la camiseta de la Selección Nacional de fútbol, no podían hacer el gesto de saludo militar y decir “Firme por la patria”, no se podían pronunciar el slogan, el mismo “Firme por la patria”, y el nombre del movimiento “Defensores de la patria”, como igualmente se prohibía usar insignias o vestimentas con tales frases. Todo eso, y mucho más, hizo la izquierda para atajar al Tigre en su raudo e imparable paso al solio de Bolívar.
Frente a contratos jugosos de los que viven de la teta del Estado – como dice De la Espriella -; contra tres millones de empleados públicos obligados a votar por Cepeda; contra los sindicatos afectos al partido comunista – Fecode, Uso, Sena, Asonal Judicial, etc. -; contra los campesinos e indígenas sojuzgados por las guerrillas y los narcotraficantes amigos y favorecidos del gobierno; contra el voto-fusil en poblaciones forzadas a cultivar coca y marihuana; contra jurados electorales tramposos; y contra la compra de votos, era un imposible que el doctor Abelardo de la Espriella triunfara. Pero lo alcanzó; era el único que podía vencer al gobierno de Petro y a su candidato Cepeda, y no con las uñas sino con las garras de un Tigre y con el apoyo de un pueblo esperanzado. Y su triunfo fue épico.
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