Por pura casualidad me encontré en YouTube un programa llamado Exhibiendo Infieles, de un tal Diego Moreno, con canal propio, mexicano. Luego me dijeron por ahí que existían más canales de ese tipo. Anticipo que los padres de familia deben estar muy atentos para que sus hijos menores no se asomen por ningún motivo a tales espacios. Digámoslo de una vez: allí no se ve sino crueldad, delitos u orígenes de ellos, corrupción, degeneración, traición y vicios, es decir, los peores abismos del alma humana.
De México, los programas más conocidos sobre infieles son el del nombrado Diego Moreno, un joven homosexual emparejado, y el de Lisbeth Rodríguez, una señora de unos treinta años, bisexual, divorciada, soltera, libre y abierta, bilingüe, y tragona del plato de sus entrevistados.
A Colombia ya llegaron dichos programas. En Cali es popular el de un joven negro, alto, descalzurriado, que se hace llamar “Aselerao”, así, con “s”. Y en Medellín anda por parques y avenidas buscando parejas un joven rubio de nombre Leonardo.
Se llaman “productores de contenido” y cuentan con miles de seguidores. ¿Qué hacen? Hacen una dinámica o juego con parejas de casados, novios, amantes, en unión libre, y “quedantes”. (Esta palabra no la conocía yo; significa una relación afectiva de ensayo, nada más por probar). Incluso, las parejas pueden ser homosexuales o lesbianas.
Pues bien: el conductor o productor del programa les promete unas sumas de dinero codiciables (Aselerao ofrece un millón de pesos para los dos) en premio de su fidelidad, a cambio de que permitan que les revisen sus teléfonos. Sus conversaciones y grabaciones guardados en Instagram, Messenger, galería de fotos y WhatsApp revelarán si realmente le mantienen lealtad a su pareja. Todas, de entrada, muy alegres y amorosas, afirman que su confianza en el otro es absoluta y que no ocultan nada reprochable. El final, al destaparse todas las cochinadas inimaginables, es escandaloso, de violencia y ruptura de matrimonios y uniones de años.
¡Ah!, pero déjenme contarles que existe otro programa- se llama Confesiones, ADN - en que el productor aborda una pareja que sale de paseo y llevan en sus brazos un niño. El productor le pregunta al hombre si está seguro de ser el padre; a continuación, les propone que él se haga practicar una prueba de paternidad, para confirmarla, en una clínica privada cercana. El regalo es de una cantidad que empieza por 25.000 pesos mexicanos hasta los 75.000. La mujer invariablemente se opone; insulta al esposo, amenaza al productor, y muy fresca sostiene que el niño es la misma estampa de su marido, que es un personaje blanco de cabello lacio y rubio, cuando el muchachito es de pelo quieto. Regresa el marido de la clínica con el sobre del resultado, lo abre, mientras patalea la doña, y lee la frase contundente: ¡ciento por ciento, negativo! Por fin la tipa se ve obligada a confesar que la criatura es del patrono, o del compadre, o del vecino, o del mejor amigo, o del panadero, o de un ex.
Volviendo a los programas de Aselerao y los otros, quedan al descubierto las traiciones. Hombres y mujeres no han respetado límites familiares, sociales, comerciales, religiosos y éticos de ninguna especie. Por lo general, la mejor amiga, o la dama de honor del mismo matrimonio, o el mejor amigo, la secretaria, el socio o la socia, resultan ser el amante secreto. Se han acostado hasta con el perro. Una muchacha le daba sobredosis de sedantes al marido enfermo para poder revolcarse con el mozo.
Algunos episodios son graciosos. Pero lo usual es que se sienta asco, desilusión y repulsión.
Moraleja: cada cual saque sus conclusiones. Lo cierto es que la humanidad está corrompida y perdida.
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