En días anteriores, y aún hoy, el expresidente Petro y su candidato Iván Cepeda armaron gran alboroto por el triunfo del doctor Abelardo de la Espriella como presidente de la república. Rabiaron y sostuvieron que el ganador había sido Cepeda. Por supuesto, contra todas las evidencias, desconociendo la institucionalidad, las autoridades electorales, los organismos de control, las cortes, la opinión internacional, en fin, contra todo y contra todos. Realmente ello constituyó un escándalo puesto que los perdedores fueron vistos justamente como malos perdedores, y antidemócratas por excelencia. Cepeda convocó a una desobediencia civil, que nadie entendió en qué consistía, y a la que nadie le paró bolas.
Pues bien: hurgando un poco la historia nacional, honestamente no deberíamos escandalizarnos por esos actos de rebeldía y faltas de “civismo y cultura”, como decían nuestros antepasados. No se crea que nuestros próceres eran muy demócratas, respetuosos de la voluntad popular, y escrupulosos en el acatamiento de la ley.
Nada más, a nuestro primer presidente, Simón Bolívar, elegido legalmente, intentaron despojarlo del cargo, no derrocándolo sino asesinándolo. Y luego del frustrado magnicidio del 25 de septiembre de 1828, el meritorio general José María Córdoba, en 1830, continuó desconociéndole su legitimidad y fraguó una revuelta que le costó la vida.
A Santander, elegido formalmente, de igual manera pretendió sacarlo de la presidencia mediante una revolución el general español José Sardá. Éste también perdió la vida en la intentona. Ahora, el propio Santander se hizo el de la oreja gocha cuando los “supremos”, sus amigos liberales, se alzaron en armas contra el presidente constitucional José Ignacio de Márquez, hombre pulcro como pocos. Por tal conducta del llamado el hombre de las leyes, José Eusebio Caro lo increpó junto a Florentino Gonzáles y Ezequiel Rojas, declarados santanderistas, así: “General Santander, mi venerado expresidente, si usted es patriota, ¡a las armas! Doctor González, mi querido tío, si usted es patriota, ¡a las armas! Doctor Ezequiel Rojas, mi buen catedrático, si usted es patriota, ¡a las armas!”. Con todo, a ninguno de ellos se le despertó el patriotismo ni el respeto a la legalidad de la que se decían adalides.
En esa época los revoltosos no se llamaban comunistas sino liberales, o progresistas o santanderistas, y los que ejercían ese papel frecuentemente, sembrando el desorden, eran los generales Tomás Cipriano de Mosquera, José Hilario López y José María Obando. Agreguemos al general José María Melo, fusilado en México. Durante largos años estos “beneméritos” de la patria figuraron en cuanto bochinche hubo.
En suma, en el siglo XIX, entre los pocos presidentes a los que dejaron gobernar en paz tanto conservadores como liberales, está Pedro Alcántara Herrán. Porque se debe admitir que los conservadores también atropellaron la democracia, como ocurrió con el doctor Manuel Antonio Sanclemente, a quien desconocieron como presidente y montaron en su lugar al vicepresidente José Manuel Marroquín.
El siglo XIX fue el siglo de los golpes de estado, de los atentados, de las persecuciones, de las administraciones en que Colombia anduvo sin Dios y sin ley, de los apresamientos de presidentes como les ocurrió a Ospina, Mosquera y Obando, y de las guerras civiles, por lo general porque no gustaban del mandatario de turno, o porque, como hoy, Cepeda y Petro, habían perdido el poder.
Como reza el refrán popular: maña vieja no es resabio.
orlandoclavijotorrado@yahoo.es
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