Mientras medio planeta se distrae con el arranque del Mundial de Fútbol, este domingo 21 de junio de 2026 los colombianos nos jugamos el verdadero campeonato de la supervivencia en la segunda vuelta presidencial. Una final de infarto donde la comedia y la tragedia se disputan el tarjetón, y donde los ciudadanos quedamos, como siempre, atrapados en la mitad del tiroteo retórico.
Por un lado, presenciamos el refinado despliegue de artimañas del Pacto Histórico para sostenerse en el poder a través de su candidato, Iván Cepeda. El "bendecido" de la causa avanza arropado por una maquinaria estatal que se pasa el deber de neutralidad por la faja. Su jefe político, rompiendo récords de participación indebida en política, se la pasa de tarima en tarima descalificando al rival con discursos incendiarios, mientras el aparato oficialista hace piruetas para maquillar a Cepeda como un místico de la moderación.
Pero el verdadero toque de "alta diplomacia electoral" llega con la sutil advertencia que ya flota en el ambiente: la consabida narrativa de la extrema izquierda que amenaza con "incendiar el país" si los resultados del domingo no se ajustan a sus expectativas. Un tierno recordatorio de su vocación democrática: o se acepta su victoria en las urnas, o nos queman el rancho en las calles.
Es ahí donde brilla con luz propia la ironía que rodea a Iván Cepeda, el supuesto abanderado de la vida, el pacifismo y la pureza ambiental. Verlo rasgarse las vestiduras en los debates en defensa del agua y la Pachamama es todo un espectáculo de hipocresía ilustrada. Resulta sumamente curioso que hoy se coronen como guardianes de la naturaleza, cuando sus aliados ideológicos más cercanos y los grupos armados con los que tanto les gusta condescender han tenido como deporte histórico la voladura de oleoductos.
Durante décadas, la guerrilla resolvió sus diferencias con el Estado dinamitando el tubo de Caño Limón-Coveñas, vertiendo millones de galones de crudo directamente en los ríos Catatumbo, Arauca y Magdalena. Al parecer, en el manual de la izquierda radical, destruir ecosistemas enteros, matar la fauna y envenenar las fuentes hídricas de los campesinos con bombas es un daño colateral de la "resistencia alternativa", pero el desarrollo energético formal es el verdadero pecado capital.
El contraste salta a la vista cuando miramos la acera del frente. Abelardo de la Espriella, el candidato de la derecha que no suelta el pañuelo de bolsillo ni para hablar de hidrocarburos, ha salido a defender el fracking sin anestesia. Su tesis es una joya del pragmatismo: asegura que la fracturación hidráulica es simplemente una "obra civil" y que, si se ejecuta bien —con la misma precisión con la que se levanta un edificio en Barranquilla—, no tiene por qué haber afectación ambiental. Una analogía bastante audaz que pretende equiparar la presión geológica profunda con pegar ladrillos y echar cemento en una fachada.
En este Macondo de contradicciones brutales, el panorama nos obliga a sopesar los desafíos y a reflexionar sobre el modelo de país que anhelamos. Por ello, la invitación es a participar activamente en la jornada electoral de mañana, para garantizar que la voluntad popular se manifieste de forma transparente y sin intimidaciones. A pesar de que el panorama se vislumbre complejo, el voto sigue siendo nuestra mejor defensa.
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