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Democracia en tiempos de odio
Quienes históricamente han administrado el poder en Colombia han entendido que es el odio la emoción perfecta para dominar la razón.
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Miércoles, 15 de Julio de 2026

Voto, proviene del latín votum, que significa “promesa” o “deseo” y se deriva del verbo latino vovere, que significa “prometer solemnemente”. En la antigüedad, el votum se refería a una ofrenda o promesa solemne que se hacía a los dioses a cambio de favores; el concepto evolucionó, dándole el nivel de compromiso o declaración de voluntad en contexto político y así elegir una opción.

Se supone entonces que esa declaración de voluntad deberá estar conectada a la esencia de la palabra política, “el bienestar común”. Si se toman las ideas de Aristóteles y se aplican a la actualidad política colombiana, estaríamos obligados a aplicar ese enfoque no a quien quedó elegido, sino a la calidad moral y deliberativa de la polis, definida como la comunidad política.

Según Aristóteles, en su libro “Política”, el fin de la política no es simplemente ganar las elecciones o conquistar el poder, sino promover el bien común y garantizar que quienes votaron, incluso los que no votaron, vivan una vida buena y virtuosa.

Quienes históricamente han administrado el poder en Colombia han entendido que es el odio la emoción perfecta para dominar la razón y así, históricamente, han logrado que esa declaración de voluntad manifestada a través del voto, sea motivada desde el odio por el otro o por lo otro.

Sumarle a lo anterior que nuestra historia política y democrática ha estado condicionada por la violencia, el mejor caldo de cultivo para lograr la voluntad de las masas desde la polarización, y es en la polarización donde ninguno se salva, pues desde cada orilla nos parecemos los unos a los otros.

Si Aristóteles viera nuestra cultura política, y sobre todo nuestra actualidad, diría algo así como: “Una democracia está en riesgo cuando los ciudadanos dejan de deliberar sobre lo justo y lo conveniente, para decidir motivados por sus pasiones”, lo que no alcanza a notar Aristóteles, para el caso nuestro, es que hemos sido desprendidos de la razón en todo su sentido, pues en su gran mayoría no existe una corresponsabilidad entre las instituciones y sus ciudadanos, pues los ciudadanos eligen desde el desconocimiento de sus instituciones, eligen sin conocer lo más mínimo de la estructura estatal que los administra; eligen desde el analfabetismo democrático.
Entonces, al tener una ciudadanía afectada en su salud mental, condicionada por una historia violenta, manipulada emocionalmente, dividida por el odio y lejos de la racionalidad que exige una democracia, nos queda recordar un precepto más de Aristóteles: “Cuando los ciudadanos se consideran enemigos antes que conciudadanos, la ciudad comienza a fragmentarse”, más de lo que ya está.

Y entonces, ¿cómo sobrevivir a una democracia en tiempos de odio? Urgente, hacer un llamado al diálogo entre las bases ciudadanas, lejos de quienes administran el poder, y desde la imaginación moral, los que votaron por uno o por el otro, incluso los que manifestaron su voluntad en blanco, y con urgencia identificar e incluir a los que no se sumaron, esos preocupan aún más. Promuevan espacios de diálogo desde lo que Aristóteles llamó la “amistad cívica”, un valor fundamental para la estabilidad de la polis.

Lo anterior, como una forma de resistencia democrática a favor del bienestar común, al que la ciudadanía se tendrá que enfrentar en caso de tener una administración de poder lejos de los valores que promueve una democracia.

Se está tocando fondo, la fragmentación política, ciudadana y democrática está a punto de romperse en tal dimensión que no podrá ser reparada y todo no es culpa de quienes gobiernan, sino de una ciudadanía que renuncia a su virtud.

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