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Después del ayer…
Ológrafo
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Lunes, 13 de Julio de 2026

La añoranza del tiempo pasado se parece a los barquitos de papel que hacíamos y se iban por el agua, como por arroyuelos nostálgicos que se llevaban la candidez doméstica de los valores provincianos.

Era un tiempo bonito, con la simplicidad de las horas acariciando más lentas la armonía, con cada eco de la memoria simple y buena repicando la bondad para coserla -con prudencia- al corazón.

Era una misión enseñar a los jóvenes a educarse en el saber, la piedad y el honor, a celebrar la profecía constante de la amistad y a dar a la palabra empeñada un valor sustancial, respetuoso y decente.

Era una palabra con anhelo de alma, con esencia de casa, o de familia, en fin, un sueño pendiente por realizar, o la sabiduría para resolver las ecuaciones del azar con una esperanza, siempre paralela, al porvenir.

Crecer era sólo mudarse de una época a otra, llevando los recuerdos esenciales, para guardarlos en un rinconcito y sembrarlos como semillas amorosas en el espíritu, con el rocío regando las ilusiones.

Era vivir mejor, con la fe en el deber de hallar una mejor calidad de vida, para todos, y la convicción de descubrir, desear y amar la visión magnánima de la paz ciudadana, la convivencia y el humanismo.

Ahora la infancia está exiliada de las frutas y los pájaros, de la lluvia serena, de los juegos de trompo y pipas, las canciones de cuna, la rayuela, los helados, los carritos con cordel, las muñecas y las trenzas de las niñas, de las calles tranquilas esperando posarse -en la tarde-, en los tejados… ¡Qué pesar!


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