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El costo del miedo
A nivel macroeconómico, esto destruye la base del consumo de los hogares —el principal motor del PIB nacional—, creando un efecto dominó que desincentiva las compras en cadena y deprime la demanda agregada del país.
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Sábado, 26 de Septiembre de 2026

A nivel nacional, la coyuntura de orden público que ha dominado la agenda económica y acaparado la atención de los gremios productivos esta semana está fuertemente anclada a la crisis de seguridad en la región Caribe (Magdalena y La Guajira).

La reciente situación vivida en Santa Marta, marcada por acciones intimidatorias y restricciones a la movilidad características de un paro armado, ha demostrado que la seguridad no es un lujo decorativo, sino el cimiento sobre el cual se edifica el pan de cada día. Cuando la violencia azota una ciudad, la economía entra en un estado de coma temporal cuyas consecuencias trascienden las cifras del primer día, contagiando de incertidumbre el pulso financiero de todo el país.

Según estimaciones de la Cámara de Comercio de Santa Marta para el Magdalena, el impacto financiero de esta parálisis asciende a 39.590 millones de pesos diarios solo en el casco urbano, cifra que supera los 40.600 millones de pesos si se integran economías vecinas como Ciénaga y la Zona Bananera. Estos datos reflejan la fragilidad de un tejido productivo altamente dependiente del comercio al por menor, el transporte terrestre y la industria turística, sectores que emplean de manera directa a más de 100.000 trabajadores en el departamento.

Trasladando esta realidad a una analogía popular: el aparato productivo regional funciona como un reloj suizo donde, si una sola rueda dentada se detiene por el miedo, todo el mecanismo nacional empieza a cojear. Cuando la Troncal del Caribe se bloquea, se estrangula una arteria vital del comercio exterior colombiano, retrasando la llegada de insumos y la salida de exportaciones que aportan divisas al Banco de la República.

El impacto más cruel de esta coyuntura recae sobre la economía informal, la cual representa cerca del 60% de la fuerza laboral local. Para el vendedor ambulante, el mototaxista o el pequeño comerciante del Mercado Público, "del día a día vive el hombre"; un día de inactividad forzada por la zozobra no es aplazable ni reembolsable, sino la condena inmediata a no tener qué poner en la mesa del hogar.

A nivel macroeconómico, esto destruye la base del consumo de los hogares —el principal motor del PIB nacional—, creando un efecto dominó que desincentiva las compras en cadena y deprime la demanda agregada del país.

Asimismo, el sector turístico —el motor dorado de la ciudad— sufre heridas profundas. Las imágenes de intimidación provocan cancelaciones masivas de reservas y desploman la ocupación en vísperas de temporadas clave, como la semana de receso escolar.

En conclusión, la crisis de seguridad en Santa Marta evidencia que la violencia fractura la cadena de valor y empobrece drásticamente a la sociedad. Queda claro que, en Colombia, ninguna meta de crecimiento del PIB —por optimista que sea— se logrará sin una acción integral que garantice la recuperación de la confianza para que los territorios puedan retornar con tranquilidad a sus labores productivas.


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