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La idiosincrasia del vivo
Quizá por eso el verdadero "vivo" no sea quien engaña, sino quien comprende que construir confianza genera mucho más valor que aprovecharse del prójimo una sola vez.
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Jueves, 16 de Julio de 2026

Hay una frase que, aunque pronunciada con orgullo en muchas conversaciones cotidianas, debería avergonzarnos como sociedad: "el vivo vive del bobo". La repetimos con una naturalidad inquietante, como si representara una virtud de inteligencia y no un síntoma profundo de deterioro ético. Quizá el mayor problema no sea la existencia del "vivo", sino la admiración que despierta. En buena parte de América Latina hemos terminado confundiendo la astucia con la integridad, el oportunismo con la inteligencia y la capacidad de incumplir las reglas con una supuesta habilidad para sobrevivir. La cultura del atajo ha desplazado lentamente la cultura del mérito. (ya hablamos una vez de la copia triple A)

El economista e historiador Douglass North, premio Nobel de economía (1993), sostenía que el desarrollo de los países depende tanto de sus instituciones formales como de sus instituciones informales: las costumbres, los valores y las normas sociales que regulan el comportamiento colectivo. Desde esa perspectiva, el verdadero obstáculo para el progreso latinoamericano no siempre está en las leyes escritas, sino en las reglas invisibles que aceptamos diariamente.

Cuando normalizamos colarse en una fila, evadir impuestos, sobornar a un funcionario, copiar en un examen o incumplir un contrato, estamos fortaleciendo precisamente esas instituciones informales que impiden el desarrollo. Recientemente, en Medellín los médicos más prestantes se convirtieron en un concierto para delinquir al usar alta tecnología para pasar un examen de admisión, ahora son ejemplo para quienes admiran estas “estrategias”; vergüenza debía darles y la licencia debían quitarles.

El sociólogo Robert K. Merton explicaba que cuando una sociedad exalta el éxito, pero limita o dificulta los caminos legítimos para alcanzarlo, aparecen conductas desviadas que terminan siendo socialmente aceptadas. En otras palabras, cuando lo único importante es "ganar", poco importa cómo se consigue. El resultado es una competencia permanente donde el fin justifica los medios y luego salimos a pavonear los resultados, ejemplos me sobran en este mundial de fútbol 2026.

La llamada viveza criolla, presente con diferentes matices en varios países latinoamericanos, no nació de la noche a la mañana. Es producto de siglos de desconfianza institucional, desigualdad, excesiva burocracia y una constante percepción de que cumplir las reglas solo beneficia a quienes ya tienen el poder. Sin embargo, comprender su origen no significa justificarla. Al contrario, obliga a preguntarnos cuánto daño produce seguir alimentándola, o que puede explicar que el gobierno saliente a menos de 30 días esté atornillando empleados en las empresas del Estado, minando y dañando el plan del legítimo gobierno entrante.

El filósofo Fernando Savater recuerda que la ética comienza cuando entendemos que nuestras decisiones afectan la vida de los demás. El "vivo", por definición, nunca piensa en el otro. Solo calcula su beneficio inmediato. El problema aparece cuando millones de personas hacen exactamente el mismo cálculo. Entonces desaparece la confianza, aumentan los costos de hacer negocios, se multiplican los controles, los contratos se vuelven interminables y la palabra deja de tener valor.

La teoría de juegos que me encanta ya lo saben, ofrece una explicación fascinante. El famoso dilema del prisionero, desarrollado por Merrill Flood y Melvin Dresher y posteriormente difundido por numerosos economistas, demuestra que cuando todos actúan buscando únicamente su beneficio individual, el resultado colectivo termina siendo peor para todos. Paradójicamente, la cooperación genera mayores beneficios que la trampa permanente. Sin confianza, toda sociedad pierde eficiencia.

El profesor Francis Fukuyama, en su obra Trust, sostiene que la prosperidad de las naciones está profundamente relacionada con la confianza social. Allí donde las personas creen en la palabra del otro, las empresas crecen más rápido, los negocios requieren menos controles y las instituciones funcionan mejor. Donde reina la desconfianza (Colombia), ocurre exactamente lo contrario: cada contrato necesita cien cláusulas adicionales porque nadie espera que la otra parte cumpla espontáneamente.

Quizá por eso el verdadero "vivo" no sea quien engaña, sino quien comprende que construir confianza genera mucho más valor que aprovecharse del prójimo una sola vez. Las economías más sólidas del mundo no se edificaron sobre el engaño cotidiano, sino sobre la reputación, la seguridad jurídica y la credibilidad. En Colombia aún celebramos pequeñas trampas como si fueran gestas de inteligencia. Nos reímos del que evade un peaje, del que logra pagar menos impuestos ocultando ingresos, del que consigue una incapacidad médica injustificada o del funcionario que "agiliza" un trámite mediante un favor o el que se hace el loco sin estarlo. Cada uno parece un hecho aislado; juntos conforman una cultura que termina debilitando al Estado, a las empresas y a la convivencia misma.

Tal vez el verdadero cambio cultural no dependa de una nueva ley ni de una reforma constitucional. Comienza cuando dejemos de aplaudir al "vivo" y empecemos a admirar al ciudadano íntegro. Cuando la honestidad vuelva a convertirse en un símbolo de prestigio y no de ingenuidad, se deje de buscar el cupo en una universidad con audífonos y redes, haciendo quedar como un cuero a los profesionales preparados y honestos, cuando se acepten cargos con la preparación previa y no por compromiso político.

Porque al final, el "vivo" puede ganar hoy una ventaja momentánea. Pero las sociedades que realmente prosperan son aquellas donde la mayoría entiende que cumplir la palabra, respetar las reglas y actuar con integridad nunca ha sido cosa de bobos. La verdadera inteligencia consiste en construir una sociedad donde nadie necesite ser más vivo que el otro para poder vivir mejor.


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