Este año llevo más de 21 libros leídos a conciencia y, para mi tranquilidad y preocupación al mismo tiempo, en mi biblioteca me espera otro tanto por leer. Las visitas a las librerías Nacional y Lerner se han convertido en una costumbre que disfruto, no por acumular títulos en los estantes, sino por encontrar en cada obra una idea que cuestione mis certezas, amplíe mi perspectiva o me permita entender mejor aquello que sucede a mi alrededor.
Leer es una de esas actividades que parecen sencillas, pero cuyo verdadero alcance pocas veces dimensionamos. No se trata de pasar páginas, terminar libros para llevar una estadística personal o presumir de autores conocidos. Leer de verdad exige tiempo, concentración y, sobre todo, disposición para poner en duda lo que creemos saber.Francis Bacon escribió una frase que conserva toda su vigencia: “La lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil, y el escribir lo hace preciso”. Difícil encontrar una mejor manera de resumir el valor de acercarse al conocimiento. La lectura nos proporciona herramientas; el pensamiento las confronta con la realidad, y la escritura nos obliga a ordenar aquello que hemos comprendido.
Sin embargo, vivimos en una época en la que pareciera que estar informados es lo mismo que saber. Recibimos cientos de mensajes, noticias, opiniones y videos cada día. En cuestión de segundos creemos conocer los detalles de una reforma (laboral o pensional sobre todo), las causas de una crisis económica o las soluciones a los problemas históricos de nuestro país. El algoritmo nos ofrece respuestas rápidas y, muchas veces, terminamos consumiendo únicamente aquello que confirma nuestras propias convicciones, esta semana tal como en el Congreso una hater en mis redes me mando a leer por mi opinión ante la fresca noticia de un aumento del salario mínimo que ronda el 38,5% propuesto por el expresidente de la CUT Fabio Arias, gustoso lo seguiré haciendo, por eso no puedo contener mi opinión sobre el descalabro que sería semejante despropósito.
Pero ¿Cuánto de lo que opinamos lo hemos estudiado realmente?La lectura de obras profundas desarrolla algo que necesitamos con urgencia: Pensamiento Crítico. Nos enseña a distinguir entre una afirmación y una evidencia, entre una intención política y un resultado verificable, entre una promesa atractiva y una solución viable. También nos obliga a reconocer que podemos estar equivocados y que comprender un problema exige, en ocasiones, revisar nuestras propias posiciones.
En el derecho, la economía o la administración, esta diferencia resulta fundamental. Las buenas decisiones no nacen de repetir consignas ni de perseguir ideales desconectados de las circunstancias reales. Exigen conocer las normas, estudiar sus consecuencias, comprender los incentivos y evaluar las posibilidades de aplicación. El deber ser es indispensable, pero no puede construirse ignorando lo que efectivamente somos y las condiciones en las que vivimos.
Por eso, leer no necesariamente nos hace más interesantes ante los demás; nos hace más conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor. Nos permite entender por qué una política pública puede fracasar a pesar de sus buenas intenciones, por qué una reforma puede producir efectos distintos de los esperados o por qué las soluciones que funcionan en una sociedad no siempre pueden trasladarse, sin más, a otra.Tampoco significa que quien más lee tenga siempre la razón. La biblioteca puede convertirse en un refugio de prejuicios si solo buscamos autores que piensan como nosotros. El verdadero ejercicio intelectual comienza cuando nos atrevemos a leer aquello que incomoda, a contrastar argumentos y a reconocer la complejidad de una realidad que difícilmente cabe en una publicación de pocos caracteres.
Hay, además, una diferencia entre tener libros y leerlos, entre subrayar una frase y comprender sus implicaciones, entre conocer una teoría y saber cuándo resulta útil aplicarla. El conocimiento no se mide únicamente por la cantidad de páginas recorridas, sino por la capacidad de transformar lo aprendido en mejores preguntas, juicios más prudentes y soluciones más ajustadas a la realidad.Quizá por eso sigo visitando las librerías y acumulando libros pendientes. Cada obra representa una conversación con alguien que dedicó años a estudiar, investigar, equivocarse y construir una explicación del mundo. Aprovechar ese esfuerzo sería absurdo si después renunciáramos a pensar por nuestra propia cuenta.
Colombia necesita menos opiniones precipitadas y más ciudadanos dispuestos a estudiar los problemas antes de reclamar soluciones. Necesita dirigentes que lean más allá de los titulares, empresarios que comprendan el entorno en el que toman sus decisiones y ciudadanos capaces de diferenciar una propuesta seria de una utopía que desconoce los límites de la realidad.Leer no resuelve por sí solo nuestros problemas, pero difícilmente podremos resolverlos bien si nos negamos a comprenderlos. Y tú, ¿cuándo fue la última vez que un libro te hizo cambiar de opinión o cuestionar una certeza que dabas por indiscutible?
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