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La motocicleta y el desafío de construir una mejor cultura vial
La motocicleta seguirá siendo, durante muchos años, una pieza fundamental de la economía y de la movilidad en nuestra región.
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Viernes, 17 de Julio de 2026

Hablar de motocicletas en el Área Metropolitana de Cúcuta ya no es hablar únicamente de un medio de transporte; es hablar de trabajo, emprendimiento, movilidad, economía familiar y oportunidades para miles de ciudadanos que diariamente encuentran en este vehículo una herramienta para salir adelante; basta recorrer las calles de Cúcuta, Villa del Rosario, Los Patios, El Zulia, Puerto Santander y San Cayetano para comprender que la motocicleta hace parte de la dinámica cotidiana de nuestra región.

Detrás de muchas de ellas viaja un estudiante que se dirige a la universidad, un padre de familia que inicia su jornada laboral, un domiciliario, un técnico, un pequeño comerciante o un emprendedor que depende de ese vehículo para generar ingresos. 

La motocicleta dejó hace mucho tiempo de ser un lujo, hoy es una herramienta de productividad y movilidad; ese crecimiento responde, en buena medida, a la realidad económica de nuestra región. Los elevados niveles de informalidad, las dificultades para acceder a un empleo formal, la expansión urbana y la necesidad de contar con un medio de transporte económico han convertido a la motocicleta en uno de los principales motores silenciosos de la economía metropolitana. 

Pero precisamente por cumplir hoy un papel tan importante, también exige una enorme responsabilidad colectiva, las cifras deben llevarnos a una profunda reflexión; durante 2023 se registraron 1.237 siniestros viales y 98 personas perdieron la vida en accidentes de tránsito; de ellas, el 74 % correspondía a motociclistas y peatones, los actores más vulnerables de la movilidad (Alcaldía de San José de Cúcuta, 2024). Posteriormente, la Policía de Tránsito y Transporte del Área Metropolitana de Cúcuta reportó que 2024 cerró con 114 víctimas fatales por siniestros viales.

A su vez, en un balance divulgado por El Observatorio Nacional de Seguridad Vial (ANSV), aseguró que 2025 ya superaba esa cifra, registrando 142 personas fallecidas, donde en gran porcentaje el trágico protagonista era el vehículo en mención, una señal de alerta que no puede pasar inadvertida; detrás de cada uno de estos números existe una historia: familias que perdieron a un hijo, una madre o un padre, en fin, un ser querido.

 Hay personas que salieron de casa para trabajar y nunca regresaron, proyectos de vida que terminaron de manera inesperada, mascotas queridas que frente a nuestros ojos padecen de las imprudencias al volante y hogares que, además del dolor, deben afrontar profundas consecuencias económicas. Por eso, sería un error reducir el debate únicamente al crecimiento del número de motocicletas, el verdadero desafío está en la forma como convivimos en las vías; también es necesario reconocer, con respeto y sin ánimo de estigmatizar, que persisten conductas que ponen en riesgo la vida: El exceso de velocidad, las maniobras peligrosas, el irrespeto por los semáforos, la invasión de carriles, la conducción sin casco debidamente asegurado, el uso del teléfono celular mientras se conduce y otras prácticas imprudentes siguen apareciendo de manera reiterada en los reportes oficiales y en las noticias que, lamentablemente, conocemos casi a diario.

Ignorar esa realidad sería desconocer una parte importante del problema, esto no significa afirmar que todos los motociclistas actúan de la misma manera; por el contrario, la inmensa mayoría utiliza su motocicleta para trabajar honestamente, movilizar a su familia o desarrollar su actividad económica. Precisamente por ellos es indispensable promover una cultura vial que rechace las conductas irresponsables de una minoría que termina afectando la percepción sobre todos los usuarios de este vehículo. 

A todo esto se suma otro aspecto que tampoco puede desconocerse, en diferentes hechos registrados por las autoridades, algunas estructuras delincuenciales han utilizado motocicletas para facilitar la comisión de delitos debido a su capacidad de desplazamiento y rápida movilidad; reconocer esta situación no significa criminalizar al motociclista, significa aceptar una realidad que exige fortalecer las estrategias de prevención, inteligencia y control para proteger a la ciudadanía y, al mismo tiempo, preservar el buen nombre de quienes utilizan este vehículo de manera legítima.

En ese contexto, los controles realizados por las autoridades de tránsito y de policía no deberían interpretarse como medidas orientadas exclusivamente a imponer sanciones, su finalidad principal es proteger la vida; verificar el uso del casco, controlar el exceso de velocidad, revisar la documentación, retirar de circulación vehículos que incumplen las normas y ejercer presencia institucional son acciones que buscan reducir la siniestralidad y garantizar una movilidad más segura para todos.

 Una sociedad que comprende el valor de la vida entiende que el cumplimiento de las normas(cultura vial) y el acatamiento de los controles no limita la libertad; la protege. Sin embargo, dichos controles, por sí solos, no resolverán el problema. La verdadera transformación comienza con la educación; necesitamos fortalecer la formación en seguridad vial desde los colegios, las universidades, las empresas y las escuelas de conducción.

Debemos comprender que conducir una motocicleta no consiste únicamente en aprender a manejar un vehículo; implica desarrollar criterio, autocontrol, respeto por los demás y conciencia sobre las consecuencias de cada decisión que se toma en la vía. Al mismo tiempo, las administraciones públicas deben continuar fortaleciendo la infraestructura vial, intervenir los puntos con mayor siniestralidad, mejorar la señalización, utilizar data para orientar las decisiones y consolidar una verdadera estrategia metropolitana de movilidad que articule a Cúcuta con los demás municipios del Área Metropolitana.

La motocicleta seguirá siendo, durante muchos años, una pieza fundamental de la economía y de la movilidad en nuestra región; por eso, el debate no debería centrarse en cómo reducir el número de motocicletas, el verdadero desafío consiste en lograr que cada recorrido sea más seguro que el anterior; porque una ciudad moderna no se distingue por la velocidad con la que circulan sus vehículos, se distingue por el valor que les da a las vidas de quienes los conducen y esa es una responsabilidad que nos corresponde absolutamente a todos.
 

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