Los documentos publicados recientemente por Asocapitales sobre la repercusión que podría tener el Fenómeno del Niño de 2026 en las principales ciudades del país han puesto a pensar al quienes habitamos el Área Metropolitana de Cúcuta, una de las zonas señaladas como particularmente sensibles a los efectos de la temporada de sequía que este mismo año podría llegar a ser la más severa de la que tengamos memoria.
El fondo del problema es el cambio climático cuyo control está muy lejos de nuestras manos. Nada podemos hacer ante la decisión norteamericana y china de ahogar el planeta quemando petróleo y gas “a lo que dé”, con tal de ganar la carrera por el liderazgo del mundo. Pero en medio de la sensación de impotencia hay que buscar caminos para sobrevivir mientras sube la temperatura, confiando en que algún día, alguna nueva tecnología energética haga parar el termómetro antes que la humanidad entera se sofoque.
En lo que a nosotros incumbe, debemos considerar a largo plazo la suerte ambiental del Área Metropolitana de Cúcuta, asumiendo muy en serio la posibilidad de sufrir sequías cada vez mayores, como la que viene este mismo año.
Si nos preguntamos por qué Cúcuta está entre las ciudades que serán más afectadas con el Fenómeno del Niño de 2026 saltan a la vista dos condiciones harto sufridas. La primera es que nuestros sistemas de acueducto no se abastecen de reservorios como los de Bogotá o Medellín, ciudades que pueden prepararse con calma para los racionamientos a medida que decrece el nivel de sus embalses. Aquí tomamos el agua directamente de los ríos, y en caso de sequía intensa,en un par de semanas, cuando la reducción de los caudales dificulte la captación, podemos quedar sometidos a un severo racionamiento. La segunda condición que nos hace vulnerables es la alta propensión a incendios forestales de nuestros bosques secos, cada vez menos extensos desafortunadamente.
Dentro del variado repertorio de medidas que nos permitirían enfrentar mejor la crisis global del clima, esta una gran obra de ingeniería de la que se habla con intermitencia pero que se ha hecho poco por materializarla. Se trata del embalse del Cínera. Es claro que no es un proyecto rentable. Si así fuera ya se habría construido para generar energía eléctrica. Pero considerando lo que nos espera, acabará siendo una urgencia de la ciudad en medio de cualquiera de las sequías que se anuncian.
La Gobernación o el Área Metropolitana de Cúcuta harían muy bien en solicitar a la UNGRD o a Findeter poner a punto los estudios de esta obra que no convencería a los economistas de ninguna firma inversionista porque jamás se podría comparar con Betania o Guatapé en su rentabilidad como negocio de generación hidroeléctrica. Tampoco hay cómo encontrarle rentabilidad por los beneficios que supondría mantener el caudal del río Zulia para el riego de cultivos. Realmente solo halla su razón de ser porque será indispensable para garantizar el abastecimiento de agua para el consumo humano.
En algún momento muy cercano en el tiempo, alguna sequía dificultará la captación en el Río Zulia, y el Acueducto Metropolitano no ofrecerá agua suficiente a acueductos de Cúcuta, Los Patios y Villa del Rosario. En medio de ese severo racionamiento, nos obligaremos a pensar en un embalse como los muchos que amortiguan las sequías en Bogotá, Medellín o Bucaramanga.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion.
