Mientras Estados Unidos hoy 4 de julio conmemora sus 250 años de independencia, la atmósfera en Washington dista mucho de ser una celebración festiva de la democracia. Al contrario, se respira la angustia de un diseño institucional llevado al límite. En las últimas semanas, el segundo mandato de Donald Trump ha entrado en una fase exagerada de decretos unilaterales y decisiones caprichosas que confirman la mutación de la presidencia hacia una autocracia.
La asombrosa acumulación de más de cuarenta órdenes ejecutivas en lo que va de 2026, no es una simple métrica burocrática, es la radiografía de un desprecio sistemático por el poder legislativo. En los últimos días, Trump ha recurrido de nuevo a la declaración de "emergencias nacionales" para manipular aranceles e imponer su voluntad económica a golpe de pluma. Desde decretos proteccionistas de última hora, hasta la intervención directa en cadenas de suministro globales, el mensaje es claro, para la Casa Blanca la ley ya no es un marco de convivencia, sino un estorbo que se sortea mediante la audacia del poder absoluto.
Esta forma de gobernar por edicto y capricho tiene profundas e inquietantes repercusiones para América Latina, y en especial, para Colombia. Cuando la política exterior de la superpotencia global deja de regirse por la diplomacia institucional y pasa a depender de los impulsos del presidente, la estabilidad hemisférica se tambalea. Colombia, históricamente el aliado más estratégico de Washington en la región, se enfrenta hoy a una volatilidad inédita.
Las decisiones de Trump no nacen del consenso bilateral ni del análisis geopolítico, sino del cálculo mediático y la exigencia de una lealtad ciega. Si el mandatario decide alterar de forma unilateral los acuerdos comerciales o reconfigurar la cooperación en seguridad con un memorando imprevisto de madrugada, no queda ya ningún contrapeso en Washington para detenerlo.
El verdadero peligro radica en la normalización del atropello. Al desmantelar los controles internos de las agencias federales y silenciar los disensos, Trump ha centralizado el destino de la nación en su propia figura. Sus recientes apariciones públicas, marcadas por un tono de absoluta inmunidad, muestran a un líder que confunde el Estado con su marca corporativa.
En 1787, al clausurar la Convención Constitucional, Benjamin Franklin advirtió que el pacto federal legaba "una república, si pueden conservarla". A las puertas de su 250º aniversario, la Unión Americana se encuentra ante el espejo de esa profecía. Para las democracias de nuestro continente, que tantas veces miraron al norte como un referente, la lección actual de Washington es nítida y alarmante, el tejido democrático es asombrosamente frágil. Cuando las instituciones se doblegan ante un solo hombre, la república se desvanece, dejando en su lugar la impredecible y peligrosa sombra de un imperio.
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