Estudiosos del desarrollo regional plantean que en América Latina la integración regional constituye un escenario clave para la sostenibilidad del desarrollo económico y social, la gobernabilidad democrática y la inserción internacional de sus países. Sin embargo, consideran que se requiere articular la concertación regional de (“arriba hacia abajo”) con el desarrollo territorial (“de abajo hacia arriba”), que permita crear y consolidar espacios geoeconómicos capaces de promover procesos convergentes de desarrollo, tanto en términos de gobernanza institucional como en términos temáticos y sectoriales.
Creo entender por qué el presidente Petro quiere darle prioridad a programas e instrumentos de fomento al desarrollo territorial y a la necesaria coordinación que debe darse entre varios niveles institucionales. Igualmente, el interés y la importancia por integrar áreas fronterizas compartidas por dos o más países vecinos. Es el caso del inicio de una nueva etapa en la relación entre Colombia y la República Bolivariana de Venezuela. Es por ello importante tener presente que las áreas fronterizas tienen una particular relevancia política y simbólica en los procesos de integración regional, a pesar de las dificultades y obstáculos que se presenten.
La situación y evolución de las fronteras constituye uno de los indicadores más claros del proceso de construcción de una región de paz y seguridad, porque estas son necesarias para la ausente cooperación fronteriza y la profundización de los vínculos sociales, económicos, políticos y culturales entre sus poblaciones que permitan impulsar proyectos integracionistas de desarrollo fronterizo en el espíritu de solidaridad y participación democrática de sus habitantes.
La cooperación transfronteriza como modalidad de integración subnacional, se propone, principalmente, cumplir dos funciones: por un lado, estimular las relaciones entre las instituciones y los actores de los territorios fronterizos para contribuir a reducir tensiones y prevenir conflictos mediante una serie de acciones de paradiplomacia preventiva; por otro lado, generar nuevos modelos de regionalización, tendientes a englobar los límites político-administrativos en reagrupaciones territoriales funcionales, es decir, fortalecer la integración subnacional entre los países.
Interesa en esta frontera entonces, tener claridad que la integración fronteriza solo será posible si previamente se logran, en mi criterio, dos pasos fundamentales: primero, lograr lo que se conoce como desarrollo transfronterizo: crear y consolidar un vínculo o puente que una los territorios y actores locales a ambos lados de la frontera política, bajo una visión compartida de intereses y articulada en una gestión compartida del territorio. Porque es un proceso que parte de la voluntad política de los actores locales, los cuales debemos formular nuestra agenda de desarrollo si queremos convertirnos en el “centro” y no seguir siendo la “periferia”.
El desarrollo local transfronterizo puede ser visto como una estrategia que parte de los actores locales (“desde abajo”) para encarar las problemáticas de marginación, aislamiento y pobreza que caracteriza a las regiones de frontera y, que se articule con una estrategia de políticas y programas implementados desde el gobierno nacional (“desde arriba”).
Por otro lado, empezar a construir algún nivel de integración fronteriza. Es hora de dejar de matricularnos en la derecha o en la izquierda y aprovechar de manera inteligente los recursos propuestos en el Plan de Desarrollo: “Colombia Potencia Mundial de la Vida”, del nuevo gobierno, que estará dirigiendo el poder y el desarrollo del país por cuatro años y, además, saber elegir los actores políticos regionales y locales que igualmente buscarán abrogarse el poder de decidir cómo utilizar los recursos asignados desde el nivel nacional.
Por Marina Sierra
