No paran los sucesos relacionados con la IA y las redes. Hace unas semanas, un primer algoritmo autónomo, el de OpenAI, ChatGPT, logró salir del control de quienes hacían pruebas de avance y jaqueó sistemas externos, es decir, atacó otras IA por iniciativa propia. El hecho fue calificado de no tener antecedentes y ser la alerta inicial sobre los graves riesgos de autonomía sin dueño que puede llegar a poseer la IA. Curiosamente, si usted le pregunta a ChatGPT sobre el suceso, lo califica de una simple falla de los controladores, no de la IA y que calificarla de rebelde constituye una “antropomorfización de las máquinas” que no se corresponde con su calidad de tales. Es decir, también, que las IA están aprendiendo a defenderse dialécticamente de sus propios errores y riesgos, sobre los cuales parecen no estar dispuestas a dar respuestas imparciales.
También recientemente se ha intensificado el debate sobre la adicción que las redes producen en los jóvenes y si aquella es propiciada por plataformas como Meta y Google, o no. Depresión, insomnio e inestabilidad emocional han sido calificadas como expresiones de la exagerada exposición de los jóvenes a las redes. Cada día aumenta la presión para que los países legislen en cuanto a vigilancia y supervisión de las plataformas. También se han registrado decisiones públicas subiendo la edad de acceso a las redes y a internet.
En Australia y Nueva Zelanda se aumentó a 16 años. En Europa y Latinoamérica se proponen los 16 años como umbral. En Francia, el Tribunal Constitucional anuló una ley que prohibía el acceso a menores de 15 años al ciber mundo, señalándola de violación a la libertad de expresión y a la privacidad de las personas. A raíz de la sentencia, Macron ofreció proponer al parlamento un nuevo proyecto ajustándose a la constitución y diferenciando las edades de veto según el campo de especialización de las plataformas, tarea que parece descomunal e inalcanzable.
Sobre si las redes producen adicción, en los Estados Unidos se presentó contra Meta hace tres años una demanda por parte de 29 estados de la Unión, donde residen dos terceras partes de los norteamericanos, que, al estilo de las demandas contra las tabacaleras y las farmacéuticas productoras de opiáceos, busca indemnizaciones billonarias basadas en la obligación que tienen los gobiernos de proteger al consumidor. En la acusación, los demandantes también exigen de la rama judicial cambios en Instagram y Facebook, como las notificaciones recurrentes, el desplazamiento infinito dentro de las plataformas y acabar los “likes”.
Se acusa a Meta de conocer perfectamente el daño potencial que la adicción a su plataforma causa en los jóvenes usuarios, para aumentar sus utilidades. Meta vale hoy en bolsa tres veces el PIB de Colombia. De ganar el juicio los demandantes, Meta y por cascada las demás, deberían implementar medidas como verificación de la edad del usuario, por sus padres; acabar con los filtros que cambian la apariencia de las personas; prohibir la creación de varias cuentas de un mismo usuario. Todos estos defectos los comparan con dopamina inyectada a los jóvenes para manipularlos comercialmente. De estos renglones vive hoy Meta mayoritariamente, porque prolongan el tiempo de uso de las redes y por lo tanto la exposición de los usuarios, especialmente los jóvenes. Ya un juez menor en Nuevo México impuso una compensación de casi mil millones de dólares a Meta, acogiendo los mismos argumentos de la actual demanda y ordenando los mismos cambios que los estados piden. Declaró a la compañía una molestia, como si fuera “una chimenea contaminante”. Meta niega los cargos.
Lo cierto es que, en meses, el panorama de las redes y su acceso adictivo por los más jóvenes cambiará sustancialmente no solo en las edades mínimas, sino en la manera cono experimentan la virtualidad.
Bienvenidos los ajustes, por el bien de la salud mental de padres e hijos.
Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en http://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion .