A ocho días de las elecciones el ambiente en Colombia no puede estar más polarizado. Creo que a estas alturas el error más grave de Cepeda fue el de no haber tomado distancia de Petro. Sin que se lo propusiera, Cepeda al no asistir a debates, terminó haciendo lo peor y es permitir que Petro se convirtiera en su jefe de debate.
Y es que el presidente por más que tenga una abultada billetera para la campaña, su gran problema, es que la gente humilde a la que le prometió un cambio ya no creen en él. Así, ese conductor de bus, ese campesino, el que vende todos los días en las calles para ganarse la vida, ya no creen en el presidente, y eso se vio reflejado en la votación del pasado 31 de mayo. El impostor en política paga un precio muy alto y eso es lo que está sucediendo en Colombia.
Y en eso hay una gran diferencia con De La Espriella. En mi caso, sin ser un admirador de este último, de no estar conforme con algunas propuestas de su campaña, y a pesar de lo grotesco que pueda resultar en algunas de sus manifestaciones como aquella de mostrarles los genitales a unos periodistas, a pesar de todo ello su campaña resulta ser más auténtica.
Contrariamente, cada vez que por estos días el presidente sale a hacer campaña, la gente no le cree. No es cualquier ironía que el presidente que históricamente tomó la decisión de aprobar un aumento histórico del salario mínimo, la gente beneficiada no salga a votar por él. Lo que muestra la votación de hace 15 días, es que una cosa es un aumento salarial y otra la imagen del presidente. Por ello el cálculo de la campaña y de Petro de que con el aumento irían a tener un efecto determinante, no les salió y de ahí los resultados.
Peor el escenario que se le viene a Cepeda y al Pacto Histórico para el próximo 21 de junio, el camino de no reconocer los resultados, con todo el peligro que ello significa. No es sino recordar lo que sucedió en junio de 1.970 cuando Rojas Pinilla hacia las 7 de la noche ganaba las elecciones, y en ese momento el presidente Carlos Lleras decreta un toque de queda en todo el país, y al otro día el ganador era Misael Pastrana Borrero.
Eran otros tiempos, la seguridad del sistema electoral no era fuerte, y los votos del fraude aparecieron en Nariño. Ese episodio fue el nacimiento del M – 19. Así es, hacia el próximo 21 el Pacto Histórico no la tiene fácil, y esa aptitud impredecible e irresponsable de Petro, de no reconocer un resultado, pueden llevar al país a una crisis sin precedentes. Y es que no hay nada peor para un político que la pérdida de credibilidad, cuando ya nadie le cree.
Hace varios años estaba en Checoslovaquia cuando aún existía el muro de Berlín, y en Praga vi como en una de sus principales vías estaban instalados unos andamios y nadie trabajaba. Pregunté a unos amigos abogados checos, y me decían que lo que sucedía es ya nadie creía en el socialismo, y ni mucho menos porque este sistema por sí mismo sea un fracaso, porque como ya lo he escrito, aquí en América Latina los gobiernos de Lula Da Silva y Pepe Mujica mostraron logros importantes, lo que sucede es que lo peor que le puede suceder a un político, y más a un presidente ególatra como Petro, es perder el respaldo de la gente.
Algo de eso le sucedió a Bolívar cuando salía de Santafé de Bogotá en mayo de 1830, vilipendiado e insultado, y más adelante en Monpox cuando se entera de que ningún senador había votado por él para su reelección para la presidencia, no lo creía, y eso lo enferma. Todo ello en el entendido que el Libertador fue un hombre honesto y transparente y no un impostor.
La pérdida total de credibilidad para un político es muy grave. Recuerdo que hace algunos años estaba en el Hay Festival de Cartagena, y me encontraba en una librería con una prima de García Márquez cuando entra Ernesto Samper.
Más que un espacio para recordar un episodio de su gobierno, hablar con un expresidente, mi reacción y la de amiga fue de desencanto y mejor salir del lugar. Así es, nada peor para un expresidente que el desprecio de la gente, como le ocurriera a Napoleón estando preso en Santa Elena cuando en una venganza y desprecio del zar Alejandro I de Rusia, aprovecha la circunstancia de detención de Napoleón, y va al palacio de Versalles a visitar, bailar y divertirse, y probablemente algo más, con Josefina.
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