Con el terremoto del pasado 10 de agosto he estado pensando en algo que, aunque parece evidente, muchas veces olvidamos: no todo es para siempre. Vivimos como si aquello que tenemos estuviera garantizado, como si la casa, el trabajo, el dinero, la familia, la salud, el negocio o incluso las personas que nos acompañan fueran cosas que nos pertenecen por derecho y que, de alguna manera, la vida nos tuviera que conservar indefinidamente. Creemos que nos corresponde, que nos lo deben o simplemente que nos toca. Hasta que ocurre algo que, en cuestión de segundos, nos recuerda que nada está asegurado.
El terremoto lamentablemente dejó familias enteras destruidas, algunas perdieron seres queridos, otras quedaron literalmente a medias y muchas de las que lograron salvar la vida lo perdieron todo. Lo que durante años construyeron, compraron, cuidaron y consideraron permanente desapareció en dos minutos en los que la tierra literalmente se estremecía. Y mientras algunos todavía intentan entender cómo comenzar de nuevo, otros seguimos preocupados por aquello que creemos que nos hace falta.
Es precisamente en momentos como estos cuando cobra sentido el estoicismo, esa corriente filosófica que nos invita a distinguir entre lo que depende de nosotros y lo que no. No podemos controlar cuándo tiembla la tierra, cuánto dura una tragedia, qué vamos a perder mañana o qué circunstancias nos va a poner la vida en el camino. Pero sí podemos decidir qué hacemos hoy con lo que tenemos. Podemos agradecer, podemos cuidar, podemos ayudar y, sobre todo, podemos dejar de sufrir permanentemente por aquello que todavía no poseemos.
Quizás uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que hemos convertido demasiadas cosas en supuestos derechos personales. El Estado nos debe, el empresario nos debe, la familia nos debe, la sociedad nos debe. Y cuando ocurre una tragedia, esa sensación parece multiplicarse. Por supuesto que quienes resultaron afectados tienen derecho a recibir la ayuda que legalmente corresponda y debemos exigir que esa ayuda llegue de manera rápida, transparente y efectiva. Pero una cosa es ayudar al damnificado y otra muy diferente es aprovecharse de la tragedia.
Ya comienzan a escucharse voces de personas que vivían en arriendo y que pretenden que, por haber perdido el lugar donde residían, necesariamente se les debe entregar una casa en propiedad. Aquí debemos tener mucho cuidado. Los arrendatarios afectados pueden acceder a ayudas temporales, como subsidios de arrendamiento que ya los anunció el señor presidente Abelardo De la Espriella, cuando cumplen las condiciones establecidas por los programas de emergencia y son debidamente caracterizados. Pero una ayuda de emergencia no significa automáticamente que quien no era propietario del inmueble destruido adquiera el derecho a recibir una vivienda nueva en propiedad.
Y aquí aparece un asunto que también debemos discutir: la honestidad en medio de la tragedia. No podemos permitir que quienes no fueron realmente afectados comiencen a buscar la manera de presentarse como damnificados para obtener beneficios, tal como sucedió en Armero. No podemos exagerar daños, ocultar información o inventar situaciones para recibir aquello que no nos corresponde. Porque cada recurso que recibe quien no lo necesita es un recurso que puede dejar de recibir una familia que realmente perdió su casa, sus pertenencias o, peor aún, a uno de sus seres queridos.
Ayudar no significa regalar indiscriminadamente. La solidaridad también necesita justicia, organización y verdad. Pero más allá de la discusión sobre subsidios, viviendas y ayudas, el terremoto debería dejarnos una enseñanza personal. Nos recuerda que la casa no es para siempre, el carro no es para siempre, el dinero no es para siempre, el cargo no es para siempre, el negocio no es para siempre y, aunque muchas veces preferimos no pensarlo, nosotros tampoco somos para siempre. Entonces, ¿por qué vivimos como si todo estuviera garantizado? ¿Por qué nos preocupamos tanto por lo que no tenemos y tan poco agradecemos aquello que sí tenemos?
El estoicismo no nos invita a resignarnos ni a dejar de luchar por mejorar. Nos invita a comprender que una cosa es trabajar por lo que queremos y otra muy distinta vivir amargados porque todavía no lo tenemos. Podemos aspirar a una casa más grande sin despreciar donde hoy vivimos. Podemos querer generar más dinero sin dejar de agradecer el que hoy ganamos. Podemos construir patrimonio sin olvidar que el patrimonio no nos pertenece eternamente.
Tal vez y este es mi punto de hoy; necesitamos aprender nuevamente a agradecer lo cotidiano. Agradecer llegar a casa. Agradecer tener una familia a quien llamar. Agradecer poder levantarnos cada mañana, trabajar, comer, caminar, conversar y hacer planes para mañana. Cosas que normalmente consideramos normales hasta que dejamos de tenerlas. Por eso, mi invitación esta semana es sencilla: ayudemos a quienes realmente lo necesitan, exijamos que las ayudas lleguen a los verdaderos damnificados y tengamos cero tolerancia con quienes quieran aprovecharse de la tragedia. Pero también hagamos una reflexión individual.
Dejemos de creer que todo nos corresponde. Dejemos de pensar que todo nos lo deben. Aprendamos a distinguir entre necesidad y ambición, entre solidaridad y oportunismo, entre luchar por nuestros derechos y pretender obtener aquello que nunca nos correspondió. La pregunta de esta semana es sencilla: ¿qué tienes hoy que mañana podrías extrañar?
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