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Octubre…en las cuentas de un rosario
Ológrafo
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Lunes, 28 de Septiembre de 2026

Los vecinos de Jerusalén se asomaban en las tardes a ver pasar la brisa, escuchar los cantos de los pájaros y pasear por una calle donde, en una casita sencilla, una doncella hilaba sueños en su telar, al lado de la ventana.

Así la encontró el Espíritu Santo en un crepúsculo -de esos hermosos de octubre-, cuando el ocaso convoca un manojo de atardeceres y surgen lunas sonrientes y bonitas, para congregar a las familias en torno a la paz.

Nadie sabía, ni siquiera la joven, que allí germinaba una bellísima oración que, luego, se contaría en decenas en un rosario, para bendecir a la madre de Dios y ofrendar una alabanza a su bondad.    

La casa se llenaba de mariposas, de trinos y melodías de aves, de la nostalgia de Joaquín y Ana, los padres de María, y de los instantes amorosos fluyendo en el hogar, como flores reflejadas en un arroyo de sol, sin espejos.

Una luz bajita se diluía en su rostro tierno y, mientras hacía los oficios, despertaba la naturaleza con una voz, tan dulce y cantarina, que se iba recogiendo en un rinconcito amable del jardín, con ecos de inmortalidad.

Así nació el rosario, con emociones meditadas en la espiritualidad de una virgen saludando luceros y dibujando su esperanza con los colores de la mañana.

Y un caminante peregrino, llamado José, recibió la revelación de Dios para la misión paterna de ser inspirador, tutor y mecenas del salvador de la humanidad.    

Epílogo: Cuando los imperfectos lo rezamos aliviamos -un poco- las taras humanas y, al menos durante veinte minutos, somos buenos. (El Padre Atienza decía que San José sonreía socarrón y nos picaba el ojo…como en Cúcuta).


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