Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Columnistas
Ozymandias
Dos piernas de piedra, enormes y solas, siguen en pie en medio del desierto. Cerca de ellas hay una cabeza rota, medio enterrada en la arena, con un gesto de orgullo y poder.
Authored by
Viernes, 29 de Mayo de 2026

Dos piernas de piedra, enormes y solas, siguen en pie en medio del desierto. Cerca de ellas hay una cabeza rota, medio enterrada en la arena, con un gesto de orgullo y poder. En la base se lee: “Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes. Mirad mis obras, poderosos, y desesperad”. Pero alrededor no queda nada. Solo arena, silencio y ruinas. Así comienza Ozymandias, el famoso poema de Percy Bysshe Shelley sobre la caída inevitable de quienes se creen eternos. Más que un texto literario, es una advertencia sobre la soberbia de los gobernantes que piensan que la historia gira alrededor de ellos.

Al mirar hoy a Colombia, es difícil no pensar en Gustavo Petro. Su gobierno parece cada vez más concentrado en construir un relato épico sobre sí mismo, mientras el país enfrenta problemas mucho más reales y urgentes. Petro habló 4 años  como si estuviera destinado a cambiar el rumbo de la humanidad, dando lecciones sobre el clima, la economía, la filosofía o la paz mundial, pero la situación interna contó otra historia.

La desconexión fue evidente. Mientras desde la Casa de Nariño se anuncian transformaciones históricas, el país vive un fuerte deterioro del sistema de salud, el aumento de la inseguridad en la mayoría de las regiones y una cadena interminable de escándalos de corrupción que golpean al propio Gobierno. A eso se suma un manejo fiscal vergonzoso: Colombia se está endeudando cada vez más y pagando intereses muy altos. Cada familia colombiana hoy debe 27 millones más que hace 4 años y esa cuenta crece cada día.

El problema no es tener ambición de cambio. El problema es gobernar creyendo que la realidad se acomoda al discurso. Hay una sensación de arrogancia permanente, como si las advertencias técnicas, económicas o institucionales fueran simples obstáculos menores frente a una supuesta misión histórica, casi divina.

Pero la historia suele ser cruel con los gobernantes que se dejan consumir por su propio ego. Esa es precisamente la lección de Shelley: el tiempo termina poniendo todo en perspectiva. Los discursos pasan, los aplausos pagos se acaban y las promesas grandiosas terminan enfrentándose a los resultados concretos.

Cuando este periodo sea evaluado con distancia y sin la pasión política del momento, probablemente lo que quedará no serán los discursos desde los balcones ni las promesas de refundación nacional. Quedarán los datos, lotes vacíos y muchas deudas. Y ahí es donde muchos proyectos que parecían gigantes terminan convertidos en ruinas. Igual que Ozymandias, quienes creen que el poder los hará eternos suelen descubrir demasiado tarde que la soberbia siempre termina sepultada por la realidad.


Gracias por valorar La Opinión Digital. Suscríbete y disfruta de todos los contenidos y beneficios en https://bit.ly/SuscripcionesLaOpinion . 

Temas del Día