El doblete sísmico en Venezuela del 24 de junio y su realidad política ha puesto de manifiesto el contraste entre una planeación física producto de la improvisación, las malas decisiones y la corrupción de sus élites autoritarias incapaces de gestionar las crisis y emergencias.
Mucho se ha documentado con plena razón sobre la prevención sísmica y gestión de desastres en Cúcuta, la cual es insuficiente y los expertos y la lógica dan señales de los peligros que conllevaría un terremoto de similar magnituden nuestra región,que sería igual o más devastador que el de Caracas.
El caso es que, para Cúcuta, desde el POT del 2001, su modificación excepcional del 2011 y su revisión ordinaria del 2019, se establece la necesidad de elaborar los estudios de microzonificación sísmica para poder definir normas urbanas responsables de edificabilidad de acuerdo con la capacidad de soporte del suelo.
La no aplicación efectiva de la función de control urbano, la gestión del riesgo y la informalidad sitúa a Cúcuta en una condición muy vulnerable.
Además, nuestra ciudad no se consolidó bajo estrictos parámetros de planificación, sinoen adición de retazos a la retícula ortogonal planteada por Francisco de Paula Andrade Tróconis, con posteridad al terremoto de 1875, porque en esa época las ventajas de localización estaban por encima de lo que se podía derivar de su condición geológica e históricamente su desarrollo no incluyó la gestión del riesgo y el crecimiento urbano al margen de la regulación normativa acelerado por los procesos de desplazamiento forzado y migraciones son desafíos prioritarios y urgentes que deben ser atendidos.
Hoy existe un gran porcentaje de edificaciones que se construyeron en los años 60, 70, 80 y 90, antes de que existiera una normativa sísmica eficaz y que si bien la Norma NSR-10 de Construcción Sismorresistente no puede vencer la fuerza bruta de la naturaleza, sí ofrece alternativas para mitigar su impacto.
El número de víctimas de Caracas que aumenta cada día permite concluir que no es en sí el terremoto el que mata, sino los edificios mal construidos y la falta de escrúpulos para planear, gestionar y construir de acuerdo con la normativa.
Quienes estamos involucrados en la gestión territorial, sabemos de los inmensos esfuerzos involucrados en la construcción y la necesidad de medios técnicos, materiales, naturales, humanos y de la energía y talento necesarios para lograr estética, funcionalidad y solidez. Y todo esto hace especialmente sensibles a los arquitectos a reflexionar sobre cómo se pudo evitar y mitigar, y también a atender los planes de reconstrucción. Porque las ciudades no son solo el conjunto de edificios, casas, calles y parques, sino el resultado de intrincadas relaciones sociales de afectos y conflictos, cuyas ruinas representan un paisaje discontinuo de historias truncadas y sufrimiento humano frente al que solo cabe solidaridad y ayuda.
La naturaleza irrumpe en la historia de manera impredecible y moldea nuestro mundo desde el clima, la energía, la geología y las pandemias. Vamos a bordo de este planeta azul que hemos alterado y no tenemos otras herramientas que la innovación técnica y los avances científicos que requieren tanto coherencia política como ética y solidaridad, y los impactos de cada evento natural pueden ser tanto nuestro destino tenebroso, pero también la advertencia de estímulo para planear mejor como alternativa de supervivencia.
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