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Todos tenemos un libro por escribir
No debemos romantizar el pasado. Seguramente hubo errores, injusticias, decisiones equivocadas y heridas que también forman parte de nuestra historia familiar. Pero precisamente por eso vale la pena contarla.
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Jueves, 24 de Septiembre de 2026

Este fin de semana viajé a Bogotá a visitar a mis padres y, como suele suceder cuando uno regresa a la casa paterna, terminé viajando también en el tiempo.

No hizo falta mucho. Unas fotografías familiares sobre la mesa, algunas historias que parecían olvidadas y otras que, aunque las hemos escuchado muchas veces, siempre terminan provocando una sonrisa. Hablamos de los abuelos, de los tíos, de cómo comenzó la familia en la Cajicá de 1930, de aquellos años en los que las cosas eran diferentes y de las decisiones que tuvieron que tomar quienes estuvieron antes que nosotros.Y mientras escuchaba aquellas historias pensé algo que hoy quiero compartir con ustedes: “Todos tenemos un libro por escribir”.

No necesariamente un libro que deba llegar a una editorial, ni uno que tenga que convertirse en un éxito de ventas. Hablo de ese libro que contiene nuestra historia. La historia de dónde venimos, de quiénes estuvieron antes, de las dificultades que tuvieron que superar nuestros abuelos y padres, de las decisiones acertadas y de aquellas que hoy seguramente nosotros no tomaríamos.

Porque cuando uno mira hacia atrás, descubre que llegar hasta aquí no fue tan sencillo como a veces creemos.Detrás de cada familia hay una historia de sacrificios, de oportunidades que se aprovecharon y de otras que se perdieron, de personas que tuvieron que empezar de cero, de hombres y mujeres que tomaron decisiones sin tener ninguna garantía de que saldrían bien.Y seguramente muchas de ellas hoy, nos parecerían equivocadas.

Nuestros abuelos probablemente no tenían las herramientas que hoy poseemos. No tenían Google para consultar qué hacer, ni inteligencia artificial para preguntar cómo tomar una decisión, ni todas las comodidades que hoy consideramos normales. Tenían algo mucho más elemental: necesidad, voluntad y, muchas veces como única salida, la obligación de salir adelante.

Unos emigraron a la capital buscando una oportunidad,otros tuvieron que cambiar de ciudad para comenzar de nuevo. Algunos comenzaron un negocio con muy poco dinero y no pocos trabajaron jornadas interminables, tuvieron que criar hijos en circunstancias que hoy nos parecerían imposibles en la trastienda de un almacén de camisas al frente de la estación de La Sabana con la fe puesta en la virgen de Loreto.

Y aquí aparece algo que me parece fascinante: cada familia tiene sus propios héroes.No aparecen en los libros de historia, no tienen estatuas en las plazas y probablemente nunca aparecerán en Wikipedia. Pero para sus familias fueron fundamentales.Ese abuelo que trabajó toda su vida para comprar una casa.La abuela que sacó adelante a sus hijos cuando las circunstancias parecían estar en contra.El padre que tomó un riesgo empresarial sin saber si funcionarían sus anteojos de gel.La madre que tuvo que comenzar nuevamente.El hermano que se fue lejos buscando una oportunidad.El tío que ayudó económicamente cuando nadie más podía hacerlo.Personas comunes haciendo cosas extraordinarias sin saber que, muchos años después, alguien estaría contando su historia alrededor de una mesa.

Tal vez por eso las fotografías antiguas tienen algo especial. No son solamente imágenes que le pedimos a CGPT en los 80´s. Son pequeñas ventanas hacia una época que ya no existe, pero que explica buena parte de lo que somos.William Faulkner escribió una frase que siempre me ha parecido extraordinaria: “El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado.”Y después de este fin de semana me aferro un poco más esa frase y camino mis pasos con nostalgias que quizás usted añore.

Citando también a Frank McCourt dijo algo que resume perfectamente esta idea: “Todos tienen una historia que contar. Todo lo que tienes que hacer es escribirla.”Y quizás el problema es precisamente ese: no la escribimos, se nos pasa el argumento pero nos quedamos sin la historia.

Pensamos que nuestra vida no es suficientemente interesante. Que nuestras historias son demasiado normales. Que a nadie le importará saber cómo conseguimos nuestro primer empleo, cómo conocimos a nuestra pareja, cómo levantamos nuestro negocio, cómo superamos aquella crisis o cómo conseguimos salir adelante cuando las cosas parecían estar mal.Y entonces entenderán que detrás de cada apellido hay personas que lucharon, que se equivocaron, que acertaron, que tuvieron miedo, que volvieron a empezar y que hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.

No debemos romantizar el pasado. Seguramente hubo errores, injusticias, decisiones equivocadas y heridas que también forman parte de nuestra historia familiar. Pero precisamente por eso vale la pena contarla. Cada decisión que tomamos, cada persona que ayudamos, cada empresa que construimos, cada hijo que educamos, cada dificultad que superamos y cada error del que aprendemos está formando parte de esa historia.Quizás algún día nuestros hijos estarán sentados alrededor de una mesa mirando nuestras fotografías y contando nuestras anécdotas.

Porque al final, nadie nos regaló nada. Llegamos hasta aquí porque antes de nosotros hubo personas que hicieron su parte y porque nosotros, con nuestras propias decisiones, hemos continuado escribiendo la historia.Por eso esta semana me quedan dos preguntas:¿Cuál es el libro que tienes por escribir?Y, sobre todo, ¿qué capítulo estás escribiendo hoy que algún día alguien de tu familia querrá recordar?


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