No todos son los mejores, no todos merecen el honor de aspirar al voto que puede hacerlos alcaldes o gobernadores. Los partidos políticos, sin excepción, en muchos casos avalaron como candidatos a hombres y mujeres que no tienen las mejores relaciones con la ética, la honradez, la escuela y hasta su conciencia.
El hecho inevitable es que están ahí, expuestos de cuerpo entero, a la vista de todos, listos para recibir el veredicto de las urnas, decisión que, tampoco en esta oportunidad será como la democracia lo pretende: la libre expresión del ciudadano, en la culminación de un debate de primeros principios, de puro fundamento político.
No todos los inscritos son nombres que se hicieron a su lugar en batallas de ideas; muchos son nombres que impusieron, desde bien adentro de los partidos, los poderes espurios que se han adueñado de ellos a punta de historias censurables, de alianzas repudiables, de dinero fácilmente habido y por lo mismo corruptor.
Con partidos en los que su contenido filosófico e ideológico hace mucho rato se perdió, en los que se ignoran los conceptos, en el obligatorio proceso de avalar candidaturas la confusión se impuso, y por eso hoy algunos creen que polémica es lo mismo que debate.
Por eso, en muchas regiones, el aval fue entregado a los más polémicos de los partidos, que por coincidencia resultan ser los menos idóneos para representar a una colectividad política, y menos a los ciudadanos de un pueblo o una región.
En todo el país, la gente dice que hay candidatos cuyo lugar no es un sillón de alcalde o de gobernador, sino un banquillo, y de los que, en vez de biografía, bien valdría la pena pensar en un prontuario.
Pero son ellos, no otros, los candidatos, por múltiples razones. Una, la apatía de los ciudadanos, que prefieren que otros decidan por ellos; otra, la desidia, que se hace patente cuando se insiste en dejar que todo ocurra y por eso los elegidos son siempre los mismos; otra más, la falta de coraje para decir que no a la imposición.
La ley del revólver más largo, que por lustros se ha asentado en las llamadas zonas de violencia, está vigente, aunque adecuada a las circunstancias; es la misma que a balazos ha decidido futuros, pero ahora más perversa: se ha hecho más sutil, más sibilina, más eficaz, más refinada, menos sangrienta, pero más dolorosa.
Pero, nada está perdido... Todavía se puede —y se debe— votar por el mejor, sin importar de qué partido sea mientras sea capaz, pulcro y piense en servir y no en atender un negocio que le heredaron. También se puede —y se debe, si no hay más opción— votar en blanco: un voto en blanco es también un voto válido, pero, y esto es muy importante, es a la vez un voto de protesta y dignidad.
Lo importante es cerrarles, desde ahora, el paso a los corruptos, a todos los candidatos inmorales y amorales avalados en mal momento por los partidos. Lo sano es buscar la forma, dentro de la ley, de remover a los líderes que, amañados unos con otros, se hacen dueños de los partidos y los manejan según el beneficio personal que deriven de su posición.
La democracia no es los partidos; de hecho, así nació en Grecia, sin ellos, con personas que aspiraban a posiciones solo respaldados por la fuerza de su imagen de integridad y de servicio a los demás.
La democracia es el resultado del ejercicio de la libertad de decidir de cada persona. Entonces, ¿por qué no decidir desde ahora por quién sí y por quién no votar? Después, incluso el día de elecciones, podría ser muy tarde.
