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Editorial
Carta sin destino
En Kingston (Jamaica), Bolívar puso la firma a su sueño de una nación como no la habían visto los siglos: unida, indomeñable, libre, indeclinable, liberal y poderosa.
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Lunes, 7 de Septiembre de 2015

Dos siglos exactos después, la de Jamaica es una carta que no llegó a destino y, como parece, no llegará jamás.

“Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”, señala uno de los párrafos de esta carta clave e histórica que catapultó a Simón Bolívar al cielo de los más grandes soñadores frustrados.

El sueño de Colombia la enorme y poderosa quedó engarzado entre los largos y a veces confusos trazos de la letra del caraqueño cuya mano, para algunos, manejaba la pluma mejor que la espada, y para otros, acariciaba más que trabajaba.

En Kingston (Jamaica), Bolívar puso la firma a su sueño de una nación como no la habían visto los siglos: unida, indomeñable, libre, indeclinable, liberal y poderosa. Fue el 6 de septiembre de 1815, dos siglos atrás, exactamente.

Este 6 de septiembre, esa nación no había existido, y qué duda queda de que ya jamás existirá. No, mientras hermanos abusen de hermanos y los humillen y muelan a palos y los saquen a patadas de sus casas, a tiempo para que las máquinas de oruga no los sepulten mientras rompen puertas, ventanas, techos y paredes. Y sueños…

“Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos”, profetizaba Bolívar en una carta que solo llegó a las bibliotecas y se quedó solo en los textos de historia.

Hoy, ninguna parte del Continente más conflictiva que la soñada por Bolívar para ser la patria grande. Por una parte, una nación donde se privilegia lo militar sobre la civilidad, pretende que las cosas en el vecindario se hagan como son su deseo. Por otra, un país que soporta una guerra interminable y que parece estallar en la medida en que se acerca a una solución definitiva. Y otra más, en el sur, como la primera, se pliega a quienes creen que recortando libertades y silenciando diarios puede, porque sí, imponer una idea de Estado que rechaza parte del pueblo.

El hecho es que Colombia, Ecuador y Venezuela son, hoy, lo menos parecido al sueño de Jamaica, a la visión profética del emancipador que todo lo calculaba en gloria y en grandeza y que no creía equivocarse. Pero se equivocó, y por mucho.

Los habitantes de la gran nación se llaman hermanos, pero no se comportan como tales; declaran estar dispuestos a ayudarse, pero el egoísmo no los deja; dicen tener los mismos sueños, pero no es cierto; proclaman la unidad como mecanismo de defensa y de progreso, pero se agreden entre ellos y se ponen trampas en el camino.

El odio ha germinado entre ellos, y la discriminación porque son de uno u otro lado de una frontera es la norma de conducta de los gobernantes.

La realidad de esta parte del hemisferio es un sueño frustrado dos siglos después, con muy pocas posibilidades, casi ninguna, de hacerse realidad a la manera de la carta que hoy recordamos y que nunca llegó a destino.

Se extravió en las turbulencias de la política de visión tan corta como la estatura moral de algunos gobernantes que han manejado a su antojo a la mayor parte de la región que tan cara le fue a El Libertador.

Lo más doloroso es que todos, sin excepción, se refieren a una carta que jamás leyeron y la llaman suya, y a unos conceptos expresados en ella que nunca compartieron ni compartirán.

La historia es un mal cartero, no hay duda.

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