Suscríbete
Elecciones 2023 Elecciones 2023 mobile
Editorial
Catatumbo otra vez
Lo vivido en el 2013 en Tibú fue suficientemente dramático y doloroso como para que otra vez lo tengan que soportar los habitantes de esta parte del país.
Authored by
Viernes, 24 de Julio de 2015

Desde Bogotá las cosas se ven tan diferentes de la realidad, que algunas veces parece que hubiera dos verdades: la nuestra, dura, difícil, violenta, sangrienta, tenaz, en el caso de Catatumbo, por ejemplo, y la otra, matizada por las distorsiones ópticas que se generan cuando se ven las cosas desde la distancia suficiente para creerlas a la manera de quien observa.

Conocer Catatumbo no es resultado de venir dos o tres veces por pocas horas a Tibú o a Pacelli, en medio de severos controles de seguridad, con la certeza de que, ese mismo día, de regreso en Bogotá, el único recuerdo que perdure será el del sofocante calor y la humedad generada por la selva vecina.

Conocer Catatumbo es sufrirlo, que no disfrutarlo; es soportar su abandono de años y años, su marginación, su miseria, su lejanía, sus desequilibrios económicos, políticos y sociales, su violencia de múltiples causas, la tenacidad de sus gentes y su cultura de violencia, pero también su sacrificio, su particular manera de sobrevivir…

Los nortesantandereanos conocemos la realidad de los cultivos ilícitos y todo lo que encierran, y por eso los repudiamos con energía, pero también comprendemos el hecho de que los campesinos de Catatumbo cultivan coca no porque les plazca sino porque les toca, en una región donde todo está presente, menos el Estado.

Por estas y otras razones, a los nortesantandereanos nos inquieta, por decir lo menos, que de nuevo la intranquilidad y la violencia de hace dos años revoloteen sobre Tibú y otras poblaciones de Catatumbo, por razón de eventuales medidas de fuerza en el control de los cultivos de coca. Las hayan tomado o no, el solo anuncio de que en el gobierno estudian la medida enerva y sobresalta.

Lo vivido a mediados de 2013 en Tibú fue suficientemente dramático y doloroso como para que otra vez, estoicos y silenciosos, lo tengan que soportar los habitantes de esta parte del país.

Ayer nada más, a pocas horas de trascender el rumor de la posibilidad de que el gobierno vuelva a fumigar con glifosato los cocales, los voceros más caracterizados del campesinado de Catatumbo anunciaron el paro inmediato, en el caso de que sea cierto lo que se conoció.

Esta vez, los campesinos dispuestos a paralizar indefinidamente la zona son el doble de 2013, con un radicalismo varias veces más exacerbado, por razón de tantas promesas pactadas para levantar el paro e incumplidas casi desde el mismo día.

Desde luego, lo sabemos y lo defendemos, en esta y en toda situación similar, el Estado debe hacer lo que tiene que hacer. En ese sentido, no puede haber dudas. Y sobre todo que hay datos alarmantes de aumento de las áreas del cultivo de coca, especialmente en nuestro territorio, a pesar de los compromisos con la comunidad. 

En aras de evitar un recrudecimiento de la violencia endémica de una zona que siempre ha merecido mejor suerte, de ofrecer la tranquilidad que requiere el país para llegar a acuerdos de mucho fondo, de garantizar medios de vida dignos, es oportuno sugerirle al gobierno buscar vías menos ásperas que la fumigación para erradicar los cultivos ilícitos y permitirles a los cultivadores otras formas de ganarse la vida.

Gradual o no, la sustitución de cultivos es el camino que nos parece mejor para cumplir los compromisos internacionales y los pactos internos con los campesinos, y un modo ejemplar de superar los conflictos.

No se puede olvidar que estos cultivos están, precisamente, en la zona a la que muchos mirarán como un laboratorio en materia de cumplimiento de los acuerdos con las Farc. Solo que la violencia que sin duda surgirá si no se toman las medidas que se necesitan, no será un preludio adecuado para comenzar a buscar la paz.

Temas del Día