La política internacional es un chiste de los países poderosos con el que tienen que reír todos los demás países. La definición es ajena, pero resume lo que de verdad ocurre en el manejo de las relaciones internacionales.
La actual cita de Europa con Latinoamérica y el Caribe es una oportunidad que ni mandada a hacer, para corroborar que, en materia de política internacional, dudas de toda clase y contradicciones enormes son las características más destacadas.
La reunión congregó en Bruselas a 61 países, pero, en realidad, se trata de una superpotencia, la Unión Europea (UE), en supuesto diálogo con decenas de países del área latinoamericana y del Caribe.
Supuesto diálogo, porque, en el fondo, la verdad es que la UE, señala lo que los mandatarios nuestros deben hacer en asuntos como la deuda externa que acogota por ejemplo a Argentina, y el contradictorio manejo de las relaciones internacionales.
Porque mientras la UE se une a sus invitados para pedir a Estados Unidos que levante el viejo embargo a Cuba, presiona para sancionar a Venezuela y marginarla.
¿Cuáles son las razones? Una es no distanciarse de Estados Unidos, que optó por sancionar unilateralmente al gobierno de Caracas. Otra, ver la manera de que las grandes empresas europeas estén preparadas para participar en el banquete cubano cuando las sanciones de Washington se levanten.
Por eso, el ceño fruncido de los anfitriones cuando Rafael Correa, el presidente de Ecuador y copresidente de la reunión, pidió que los asistentes exigieran a Estados Unidos levantar las sanciones contra Caracas.
Correa no estuvo solo. Numerosas delegaciones latinoamericanas apoyaron su propuesta, con intervenciones como la de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, con el argumento de que la actitud de Estados Unidos es “una injerencia” indebida en los intereses de un país soberano latinoamericano.
Además de marcar diferencias y distancias con nuestra Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), lo que hace Europa es dar dos pasos adelante (Cuba) y uno atrás (Venezuela), como dicen que hacen los cangrejos.
El dinero que pueda producir Cuba dentro de unos pocos años es una razón suficiente para mostrarse desdeñosa con Correa, Rousseff, Evo Morales y cuantos otros mandatarios aboguen por Caracas.
De hecho, en los últimos años, la UE ha aprobado varias resoluciones bastante duras contra el gobierno de Venezuela, mientras en la Eurocámara (el congreso de la Unión), el gobierno suramericano apenas tiene el respaldo de la izquierda radical.
En realidad, la autonomía y el poder que se atribuyen a la UE parecen más una teoría que una realidad, pues se mueve en el sentido que señale Washington, y por ahora dice que hay que estar con La Habana, pero no con Caracas. Y eso hace la UE.
El dinero que eventualmente producirá Cuba y el petróleo venezolano que, por mucho quieren en Europa, son razones más poderosas para hacer oscilar la aguja de la diplomacia en un sentido, que la historia o algunos lazos de amistad de siglos entre Europa y Latinoamérica, por ejemplo.
En el fondo, dinero y petróleo (o riquezas naturales) son la misma cosa, y ante ellos y su peso específico en la economía muy poco pueden otros argumentos. Así lo ha dicho siempre la historia, que en sus giros repite situaciones.
Por esos giros, mañana Venezuela ocupará el lugar de la reivindicada Cuba, y el país objeto de sanciones, de marginamiento y de discriminaciones será otro. Vaya alguien a saber qué gobernante les caerá indigesto a los poderosos de Bruselas y de Washington.
