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Editorial
Contra las tinieblas
Hubo una nueva Constitución, y Carlos Gaviria, vicerrector de la Universidad de Antioquia, llegó a la presidencia de la recién creada Corte Constitucional, paradoja que le permitió darle un vuelco a sus criterios, y a Colombia comenzar a pensar de manera diferente, democrática, moderna, liberal.
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Miércoles, 1 de Abril de 2015

A los 60 años, Carlos Gaviria Díaz reconoció, valiente, que estaba errado y que Colombia podía regirse por una mejor Constitución que la “aparentemente prefecta y breve de 1886”, y con ello se ganó el respeto que solo se les garantiza a los mejores.

Se opuso al movimiento de la séptima papeleta, para reformar la Carta, porque ¿para qué, si con voluntad política se podía dar vida a normas constitucionales que sólo estaban escritas en el papel?

Pero hubo una nueva Constitución, y Gaviria, vicerrector de la Universidad de Antioquia, llegó a la presidencia de la recién creada Corte Constitucional, paradoja que le permitió darle un vuelco a sus criterios, y a Colombia comenzar a pensar de manera diferente, democrática, moderna, liberal.

El profesor Gaviria venía de luchar inútilmente contra la corriente, de ver caer sacrificados a sus amigos que, como él, pensaban que toda defensa de los derechos humanos es una condena a muerte que vale la pena desafiar, aunque se trate de “una exasperante lucha contra las tinieblas”.

Fue un humanista radical, irreductible, que desde el aula, la Corte, el Senado, la trinchera política y el sillón de su casa defendió, a riesgo de la suya, el derecho a la vida de los disidentes políticos, perseguidos incluso por el Estado; la protección de las minorías étnicas, la de quienes tienen preferencias sexuales diferentes e, incluso, la de los drogadictos, a quienes les cambió el rótulo de criminales por el de personas con derechos.

Y defendió el aborto y la eutanasia, y con sus ponencias en torno de estos temas llevó a Colombia a pensar de otra manera, más objetiva y analítica, como era él, y a comprender que en el mismo territorio hay cabida para todos los colombianos, si se cobijan con la Constitución, la más avanzada del mundo en lo relacionado con los derechos humanos.  

Gaviria creía con todas sus energías en la necesidad de construir una sociedad amplia, democrática y libertaria en la que nadie —ni el más poderoso, autoritario y despótico— esté por encima de la ley y en la que haya un respeto esencial, profundo y permanente por los derechos humanos.

Esta de los derechos humanos fue su bandera. Por ella se enfrentó a la muerte que le notificaron varias veces los sectores más radicales de la derecha colombiana. Por ella, cambió de parecer en torno de la norma constitucional. Por ella se retiró de las cortes y se lanzó en busca de la presidencia a nombre de la izquierda. De toda la izquierda, porque, según dijo, “la izquierda es una sola, sin distingos, y no puede ser sino progresista y comprometida con el hombre y sus derechos”.

Predicador del liberalismo filosófico y misionero de la igualdad de todas las personas a la luz de la Constitución, Gaviria obtuvo la mayor votación que haya logrado un candidato presidencial de la izquierda: más de 2,6 millones de votos. Esa cifra revela el nivel de compromiso del profesor con sus ideas y sus creencias.

Se fue en un mal momento, sin duda, cuando más necesidad de él tenía el país, para que guiara el enorme trabajo jurídico, teórico y filosófico que exigirá la etapa de la posguerra.

Desde luego, quedan sus enseñanzas y sus interpretaciones de la Carta y de las normas legales, y el logro de consolidar una izquierda moderna, convencida de que su futuro depende del grado de compromiso con la democracia y con el humanismo.

Carlos Gaviria fue un colombiano de mostrar ante el mundo, un juez con una capacidad de análisis tan profunda, que para algunos era un filósofo perdido en una corte de justicia, y tan objetivo, que por momentos era más un científico de laboratorio que un jurista.

Carlos Gaviria hará mucha falta.

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