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Editorial
De dos males...
Porque sería imperdonable que los responsables del Estado tuvieran que admitir que el fugitivo a su vez también se hizo humo.
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Jueves, 20 de Agosto de 2015

Aunque se aconseja que de dos males siempre se debe preferir el menor, hay momentos, por fortuna poco frecuentes, en los que la dificultad radica en identificar cuál de los dos es el mal que se tiene que preferir.

Una de esas ocasiones es la que enfrentan las autoridades en el Catatumbo, y más concretamente en el sector rural de La Vega de San Antonio y Guayabón, donde un gigantesco incendio forestal destruyó ya más de 200 hectáreas de cultivos y de bosque, gran torbellino de fuego sin control de nadie que amenaza con generar una catástrofe ambiental inolvidable.

Ese, es un mal. Un muy grave mal, porque centenares de especies de la flora y de la fauna de la zona -entre ellas la coca-  fueron arrasadas, y otras tantas corren el mismo o peor peligro, si no se apagan las llamas.

El otro mal, también muy grave, es la presencia allí del señalado narcotraficante Víctor Ramón Navarro Serrano, o Megateo, líder en fuga de una organización armada clandestina dedicada a varios negocios ilegales, y dueño de una cabeza muy apetecida, como que Colombia y Estados Unidos dan por ella 17 mil 500 millones de pesos, más o menos.

Hasta donde se sabe —porque desde el fin de semana todo lo que se conoce de Hacarí, La Playa de Belén, San Calixto y alrededores son rumores y especulaciones—, el gran incendio comenzó con un bombardeo para tratar de detener a Megateo, que se había escapado con un tiro que le acertó un francotirador en el hombro derecho.

Desde entonces, al parecer, y según dicen campesinos que han dejado todo en casa para buscar refugio en La Playa de Belén, los bombardeos son frecuentes, y hacia varios sectores las llamas avanzan incontenibles, destructoras, amenazantes, sin que se les pueda frenar.

¿Qué hacer? ¿Detener las operaciones y tal vez permitir que Megateo se pierda definitivamente? ¿Mantener por tierra y aire la persecución al fugitivo, impidiendo con ello que los organismos de socorro apaguen el fuego? ¿Cuál de los dos males es el menor, para preferirlo y enfrentarse al otro? ¿Quién lo decide?

En las actuales circunstancias, la lógica de los campesinos que hoy se aferran al refugio, de poco vale, aunque sea demoledora: “La FAC (Fuerza Aérea Colombiana) con sus helicópteros y sus bombardeos comenzó el incendio, entonces, que sea la FAC la que lo apague”.

Esa lógica parece que no será la que lleve a la decisión que se necesita con toda la urgencia con que se deben apagar las llamas. Por ahora, la prioridad para la FAC y los organismos de seguridad del Estado tal vez sea Megateo, a pesar de que cada hora que pasa sin capturarlo significa una ventaja difícil de descontar; las primeras horas como fugitivo, claves en una acción como la emprendida contra él, se perdieron. Hoy, capturarlo, podrían haberse transformado otra vez en una utopía. Para campesinos y defensores de la naturaleza, la prioridad es salvar la montaña y evitar una catástrofe.

Pero, ¿qué tal una fórmula intermedia, que permita apagar las llamas y, a la vez, mantener las operaciones contra Navarro? Muy seguramente, de estar en la zona, él no atacaría a los bomberos —la verdad, casi nunca los atacan—, ni ellos serían una inoportuna interferencia para las acciones de búsqueda de policías y soldados.

Porque sería imperdonable que, entre el humo de los restos calcinados de la cordillera, por siglos irrecuperable, los responsables del Estado tuvieran que admitir que el fugitivo a su vez también se hizo humo.

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