El decreto 1787 de mayo pasado, con el cual Nicolás Maduro creó las Zonas de Defensa Integral Marítima e Insular (Zodimain) y le cercenó a Colombia sus derechos en el golfo de Coquivacoa, resultó, en realidad, una poderosa carga de profundidad en contra del gobierno y de la revolución bolivariana, y de la propia Venezuela.
Que ante las duras protestas de Guyana y de Colombia lo haya modificado con el decreto 1859, fue solo un formalismo externo para cubrir su arrepentimiento por la metedura de pata a que lo llevaron sus asesores del ala guerrerista.
Todo lo que Venezuela construyó en el Caribe, toda la influencia generada desde tiempos de la IV República, se lo llevó el viento en momentos de ambición expansionista y desleal: todos los países insulares, en decisión nunca esperada por Caracas, respaldó a Guyana, sin una sola excepción.
Rectificar el decreto no puso a Maduro al margen de las previsiones electorales negativas, pues entre los ciudadanos, la realidad de escasez y de estrecheces no cedió su lugar al espíritu expansionista insuflado por el gobierno.
Las encuestas dijeron que en esos momentos a los venezolanos les importaba más tener comida y dinero para comprarla, que saberse un país geográficamente más grande, con el Esequibo y con todo lo que le corresponde a Colombia en Coquivacoa.
Luego, con el cierre fronterizo como caballo de batalla para invertir la tendencia en las encuestas electorales, vino una segunda muestra de que el petróleo puede ser importante para un país, pero no esencial, como la justicia, la equidad y el derecho.
El resultado, en apariencia negativo para Colombia, en el Consejo Permanente de la OEA, a la luz de la realidad política, no lo fue tanto; al contrario, se puede decir que Venezuela ganó perdiendo, pero Colombia perdió ganando.
El Caribe se dividió, es cierto, entre los países que se abstuvieron y los que le dieron su apoyo a Colombia, algo impensable hace algunos años. Pero lo importante es que ninguno apoyó a Venezuela, un resultado de catástrofe para Caracas.
En la OEA igualmente se apreció un declive inquietante en la influencia de Venezuela en sus feudos de Unasur: Uruguay y Paraguay votaron en contra, y otros dos, muy poderosos, Brasil y Argentina, se abstuvieron, y con ello quedó claro que la alianza incondicional de Argentina, de la que tanto se vanagloria Maduro, no existe.
El respaldo que esperó Maduro de los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) es más de papel y de intereses coyunturales, que real y efectiva. Tal parece que, en las últimas semanas, para la revolución socialista bolivariana, el alba luminosa que prometía se está convirtiendo con rapidez en un ocaso oscuro y lánguido.
Lo que no se entiende es por qué Colombia no ha obtenido mejor provecho de los vientos favorables que hoy soplan. Quizás sea porque no han reparado en ninguna de las señales que le lanza el Continente, porque la espesa burocracia de su servicio exterior está ocupada en otros menesteres mientras la Canciller Holguín trabaja desde un asiento de avión.
Estos son, en palabras de José Acevedo y Gómez, momentos de efervescencia y calor, que deben ser aprovechados por Colombia. No hacerlo es perder una de las mejores oportunidades que ha tenido en los últimos años para descontar las ventajas diplomáticas obtenidas por Venezuela con el anzuelo muy atractivo de su petróleo.
Hasta ahora hemos estado dedicados a responderle a Maduro, convencidos de que la mejor defensa es un buen ataque. No. La mejor defensa es una buena defensa. Pero, de lo que se trata, es de pasar al ataque. Así de simple es.
