Vienen de lo más abyecto de la guerra, de allá donde la vida de un ser humano es cara por el precio de una bala. Si combatieron por una idea extrema o por la otra, en el momento de la verdad suprema todos hicieron lo mismo: mataron antes de que los mataran. Solo aplicaron, a su modo, la ley de leyes de la guerra.
Ahora están de regreso en Cúcuta, involucrados de pies a cabeza en programas de la Agencia Colombiana para la Reintegración. Cambiaron sus fusiles y sus pistolas por palas y rastrillos y ahora sonríen mientras arreglan jardines en los parques de los barrios populares, o limpian escuelas donde posiblemente van o irán sus hijos.
Lejos quedó la oportunidad de causarles más dolor a otros; lejos, la destrucción irracional y consecuente de los planes de combate y de la lucha por la supervivencia y del cumplimiento de órdenes de muerte.
Arreglar parques y escuelas, limpiar cauces de ríos, son una manera simbólica, pero a la vez real, de reparar la destrucción que ha sufrido este país por casi 60 años de guerra, y una jornada didáctica en la que ellos aprenden que reconstruir un simple pupitre es más difícil que destruir un puente a punta de dinamita.
Para destruir una casa basta el instante de una explosión; para reconstruirla, la tarea puede durar varios meses. Es la realidad de la guerra por, la que hay todavía colombianos que empeñan sus mejores intereses, con el fin de prolongarla.
Así podrán, estos ciudadanos reinsertados a la sociedad a la que tanto daño le causaron, medir las dificultades que implica rehacer lo deshecho, en un país en el que faltan los recursos, porque año tras año, la guerra se ha nutrido de ellos. Destruir es y será siempre más fácil que conservar y mantener, y mucho más que destruir.
Así como no es necesario poner la mano sobre la llama para saber que el fuego causa daño, tampoco se necesita ir a la guerra y combatir para conocer el gran poder de destrucción que genera.
Pero estos colombianos, que tienen una triple experiencia, de conocer lo que se tenía, de destruirlo y de intentar rehacerlo, saben que jamás regresarán al infierno de la destrucción y de la violencia sistemáticas que por fortuna dejaron muy atrás.
La actual tarea de embellecimiento barrial podría ser complementada con una serie de conferencias con grandes audiencias, en las que los reinsertados dejaran sus testimonios de todo lo que hicieron y dejaron de hacer cuando tenían armas y poder militar en sus manos.
Al fin de cuentas, como dicen, la cara del santo hace el milagro, y luego de más de medio siglo de violencia, convencer a los colombianos de que la guerra sí se puede dejar sería una especie de acto taumatúrgico que podría contribuir a que desarmemos los espíritus y, que luego, como consecuencia, nos olvidemos de matarnos.
Por ahora, vale la pena respaldar y aplaudir la labor de la Agencia Colombiana para la Reintegración, pues ha logrado que a través del trabajo voluntario, numerosos colombianos vuelvan a la sociedad civil en igualdad de condiciones de los demás, y de paso muestren con el ejemplo que no todo es violencia en ellos, que por muy cerca que hayan estado de las peores bajezas, siempre hay un momento de reflexión que permite que la eterna parábola del retorno se cumpla en paz con la conciencia y con los demás seres humanos.
