Todo el sur del departamento se deshace, arrastrado por deslaves y derrumbes mientras el agua invernal cae a chorros y ríos, cañadas y quebradas se llevan todo lo que topan a su paso y las gentes tienen que acudir a sus creencias religiosas, ante la falta del terrenal apoyo de algunas de sus autoridades.
Y no es que la ayuda haya faltado. Es que, en situaciones de emergencia, como la que viven Chitagá, Toledo, Cácota y Labateca, para no hacer larga la lista, no basta con enviar a un par de funcionarios cargados de promesas y acompañados por unos cuantos técnicos.
Cuando, después de un aguacero de un mes, en el caso concreto, a las gentes se les comienzan a agotar los recursos, la tranquilidad, la paciencia y la esperanza. Y, en esas condiciones, anhelan ver a sus gobernantes allí, entre el barro y bajo la lluvia, como ellos, aunque sea solo para compartir dificultades.
Desde luego, los mandatarios seccionales son diferentes. Por fortuna. Pero, es en ese modo de actuar donde la ciudadanía los quiere ver, los quiere calibrar, saber de qué realmente están hechos, tenerlos frente a frente, así sea por unos minutos.
En esto, tal vez, esté la explicación de por qué en Cáchira, luego del sismo de marzo, las gentes salían a la carretera a aplaudir al gobernador de Santander, Richard Aguilar, porque él mismo encabezaba las caravanas de ayuda para los pueblos vecinos en su departamento afectados por el fenómeno natural.
Sin duda Aguilar debía tener compromisos muy importantes, incluso fuera de Santander, pero en momentos de emergencia, cuando la solidaridad y la hermandad se necesitan convertidas en un abrazo o en una mano que ayude, ¿qué puede ser más comprometedor que estar con su gente?
El barro de los mocasines sale fácil; pero, si no, puede ser un buen recuerdo de cuando el gobernante recordó que es mortal como los demás, y dejó en la oficina su cómodo sillón y su ambiente acondicionado para, por lo menos, viajar a enterarse, en persona, de que los electores tienen que pasar las duras y las maduras cada día para sobrevivir.
En esos y en los demás pueblos del departamento saben muy bien que este es un departamento que pasa afugias con el menguadísimo presupuesto. Pero en Cúcuta la autoridad está obligada a saber que la sola presencia de un alto funcionario es un excelente paliativo para la angustia, y que a veces vale más que unas cuantas palas o unos colchones.
Cuántas veces, el propio presidente de la República ha interpretado la angustia popular y ha ido, a primera hora, a los sitios de tragedia. Hace muy pocos días, en un viaje relámpago, casi que amaneció en Salgar, junto a los damnificados que dejó una tragedia invernal. Su sola presencia hizo que los habitantes se sintieran colombianos.
En Norte de Santander no va a ocurrir lo que le sucedió a España con todas sus colonias en América. Los reyes, siempre allá, distantes, nunca vinieron. En su lugar, hubo virreyes que, para fines prácticos, eran unos intermediarios entre el pueblo y la Corona, que jamás se enteró de los abusos y atropellos cometidos aquí. Por eso, solo bastaron unos gritos de protesta, para que la historia comenzara a girar 180 grados.
Cúcuta no perdió a Cáchira, ni perderá a Chitagá y a los otros municipios que tienen problemas. Por el contrario, lo que está ocurriendo es que las gentes de esos pueblos tienen el convencimiento razonado de que perdieron a Cúcuta y a todo lo que representa en materia de gobierno regional. Allá también conocen el aforismo según el cual la cara del santo hace el milagro.
