Preguntarse qué pasa si la sal se corrompe parece una obsolescencia digna de épocas en las que se hacía renunciar a un presidente de la República por el hecho de empeñar sus próximos sueldos a un prestamista, para pagar el traslado en barco del cadáver de su hijo desde Estados Unidos.
Le pasó al liberal antioqueño Marco Fidel Suárez en 1921, un hombre pobre y digno que prefirió dejar el cargo antes de ir al Congreso a responder por algo que, sin duda, cualquier padre hubiera hecho. Suárez no robó, respetó el dinero del Estado, pero al ojo de la moral de entonces, cometió una indignidad con su salario.
Hoy, no solo la sal están corrupta: la sociedad apesta, y mientras más arriba, hiede más; todo es un mar putrefacto en el que altos funcionarios públicos pescan a sus anchas, sin importarles nada diferente del placer que sienten cuando crecen sus cuentas en los bancos con dinero robado o extorsionado.
Desde luego, no son todos, pero se hace tan difícil encontrar a los honrados en ese miasma que se desprende de una sociedad enferma, emponzoñada, pútrida hasta las entrañas, en la que el todo vale ya no es una opción maligna sino una ley diaria. Es el pan de cada día.
¿Qué se puede decir, que ya no se haya dicho, de los niveles a los que se llegó en materia de descomposición moral? Nada, en realidad. Y la razón está en que, a la par de los hechos, los términos más extremos del idioma se desvalorizan, porque el escándalo de hoy es increíblemente más asqueante que el de ayer, que se creyó sería el límite.
Saber, por ejemplo, que el jefe de capturas de la Fiscalía en Bogotá les cobraba a los delincuentes para no hacer efectivas órdenes de los jueces, o que extorsionaba a ciudadanos con procesos documentados por él en falsedades, es, honestamente, el límite de la corrupción hoy, porque la corrupción en Colombia no parece tener límite.
“Es un caso aislado”, se apresura a explicar la Fiscalía, como si con ello toda la corrupción, toda esa actividad de funcionarios robándose el erario, todos esos contratos amañados a propuestas únicas y amarrados a compromisos políticos, toda la delincuencia apoltronada en los sofás y las poltronas de las oficinas del Estado desaparecieran solo por aclarar que el caso del jefe de capturas era único.
El escándalo protagonizado por este funcionario dejó atrás otro, en el seno de las Fuerzas Militares, donde por lo menos 45 personas ingtegraban una mafia que se dedicó a robarle al Estado unos 24 mil millones de pesos adulterando certificaciones y constancias para beneficiar a oficiales que se pensionaban sin tener derecho.
Solo en vía de ejemplo: un coronel con 20 años de servicio o un mayor sin el tiempo presentaban solicitud de retiro con documentos de la mafia de sanidad que certificaban que, como consecuencia de su actividad, habían quedado sordos, con estrés postraumático, con afectación permanente de una de sus extremidades, por citar algunos ejemplos, cuando en realidad gozaban de un excelente estado de salud.
Y luego, muchos de esos mismos funcionarios se rasgan las vestiduras ante el caso de un hombre que robó dos o tres cubos de caldo concentrado de gallina para comer —que de todas maneras no se puede tolerar—, o se hacen cruces al enterarse de que un policía de barrio le aceptó un par de refrescos a un tendero que lo vió agotado por el sol de Cali.
Queda una pregunta: ¿a qué sabrá el pan nuestro de mañana?
