Hace 140 años se abrió desastrosamente la tierra en Cúcuta. Fue uno de los movimientos sísmicos de mayor intensidad y profundidad del siglo XIX. La ciudad quedó destruida y fueron miles las víctimas.
Los sobrevivientes tuvieron que enfrentarse a las condiciones de desolación y desamparo, con esfuerzos que les permitiera sobreponerse a la ruina, a la incertidumbre, a la suma de los dolores y a los vaivenes de la adversidad.
Ese golpe abismal de 1875 redujo a escombros todo lo que se había construido en el empeño de hacer una ciudad con proyecciones de progreso.
El sacudimiento telúrico puso casi en cero todo lo que se había alcanzado mediante el esfuerzo conjunto de los habitantes de este entorno.
Y a partir de los escombros acumulados se tuvo que volver a empezar.
Afortunadamente quienes asumieron las responsabilidades de la reconstrucción procedieron con prontitud y lo hicieron con impulso de acierto.
Fue como una empresa a la cual se le puso ánimo excepcional ante las circunstancias propias de una tragedia de impacto generalizado.
En los 140 años transcurridos, Cúcuta, sin duda, se ha recuperado. Renació del resquebrajamiento.
Y entró en un nuevo desarrollo hasta alcanzar la dimensión que la sitúa entre las ciudades intermedias de reconocida pujanza.
Pero ese crecimiento y esa articulación a la pujanza del progreso no han representado la solución de muchos de los problemas que afectan a la mayor parte de la población.
Hoy falta mucho por hacer para consolidar condiciones de una vida sin apremios ni exclusiones. Hay que desmontar factores de pobreza y de desigualdad.
Hay que salirle al paso a las violencias y a otras desventuras perturbadoras.
Esas situaciones negativas son el nuevo terremoto, que se hace necesario mitigar mediante acciones de buen gobierno y esto implica erradicar la corrupción y hacer de la política y de la función pública un ejercicio de decencia, transparencia y acierto para generar confianza y satisfacciones en todos los sectores de la población.
Se requiere el temple, en todos los aspectos, de quienes se pusieron el frente de la emergencia del terremoto de 1875.
Ellos no fueron inferiores a esa desventura tan radical provocada por fuerzas de la naturaleza.
La nueva situación de catástrofe telúrica en que nos encontramos ahora es creada por conductas irregulares de personas que abusan del poder y o no tienen capacidad para manejar los asuntos públicos.
Pero quedan quienes están en la actitud de defensores del patrimonio común. Son los que deben actuar sin timideces para evitar que se caiga en el cautiverio de la mala vida.
Si la ciudad se sobrepuso al terremoto de 1875, tiene que ser posible, en este tiempo, blindarla contra las malas acciones de unos cuantos.
El impulso tiene que darse en el rumbo correcto. Contra las ruinas de cualquier tipo de sismo.
