Uno de cada 10 colombianos vive fuera de las fronteras. La Cancillería calcula que en 45 países de todos los continentes hay 4.7 millones de migrantes, refugiados y exiliados de origen colombiano. La oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) coincide en las características del fenómeno migratorio.
Es una realidad que agobia y que pone en relieve la necesidad inaplazable de que la guerra termine, los espíritus se desarmen y puedan, tantos colombianos que hoy huyen, regresar a sus hogares a vivir en paz, sin la zozobra que genera para las familias la sola idea de tener que dejarlo todo por salvar la piel.
Los colombianos que están fuera son una población mayor que la de naciones como Costa Rica, Panamá, Puerto Rico o Uruguay, lo que es igual a decir que Colombia tiene fuera de sus límites otro país que exportó porque nunca fue capaz de cuidarlo y de garantizarle desde lo elemental de la supervivencia.
Los colombianos del exterior no pueden dejar de ser colombianos. Y si alguno lo olvida, la realidad se lo recuerda a cada paso. Las cicatrices que muchos llevan, se acentúan cada vez que lo miran de soslayo, escucha un comentario lanzado con toda la intención de que lo capte, se siente más vigilado que los demás, o lo discriminan.
Porque para todos los países, el colombiano es un inmigrante diferente, uno que cumple con los requisitos legales para estar allí, pero que ojalá no estuviera. Los colombianos en el extranjero, en especial en los países vecinos, son lo que alguna vez llevó al excanciller Carlos Lemos Simmonds a llamar ‘bosnios de América’, es decir, inmigrantes indeseables de un territorio deseado…
Y una de las razones para ese trato discriminatorio, porque lo es, tiene que ver con el comportamiento de algunos, que creen estar en un país de impunidad, como el suyo, y violan la ley. Según cálculos de diferentes fuentes, en cárceles extranjeras hay hoy entre 18 mil y 22 mil colombianos presos, en especial por narcotráfico y por hurto. Todos juntos no cabrían ni en Teorama ni en Chinácota, por ejemplo.
Pero, con el rasero con el que miden a estos 18 o 22 mil, miden a todos los demás, y les dan un trato acorde con esas particulares circunstancias. No a todos, cierto, pero sí a la mayoría. Por razón de los pocos que están presos en Panamá, por ejemplo, una diputada dijo que “los colombianos en Panamá son una escoria”.
Son muchas las razones por las cuales los colombianos se han ido, ya sea en calidad de migrantes regulares, de exiliados o de refugiados, pero en todas subyace la guerra, que durante casi 60 años ha lanzado por lo menos a tres generaciones a una diáspora que difícilmente tendrá fin: siempre habrá otra razón para irse.
La mayoría se comporta como lo que es un colombiano promedio: trabajador, honrado, con deseos permanentes de superación, de progreso y de vivir de la mejor manera posible, estudioso, con iniciativa y con determinación.
La experiencia acumulada de esos 4.7 millones de colombianos, con visión diferente del mundo, sería de gran utilidad para el país en caso de que regresaran, pero, infortunadamente, los programas de repatriación para esas personas no han arrojado los resultados esperados por todos.
Lo curioso es que, mientras miles de colombianos siguen saliendo, miles de extranjeros están llegando a este, que consideran uno de los países del futuro.
Es una situación paradójica que tiene que llevar a los legisladores a que con toda seriedad reflexionen sobre la manera de generar estímulos efectivos a nuestros compatriotas de fuera, a fin de que regresen y contribuyan, con generosidad, a la reconstrucción social de este país que les dio las espalda cuando más lo necesitaban.
