Ha demostrado que él no es, como se dice de otros, una especie de mueble viejo que nadie sabe dónde poner. Son muy pocas las oportunidades en que el expresidente César Gaviria habla, y siempre lo hace con la intención muy clara de señalar caminos.
Es el gran preceptor que antes fue, por ejemplo, Alfonso López Michelsen, figura de respeto que indicaba hacia dónde debían ir la sociedad y su gobierno en situaciones tan difíciles como la planteada ahora por el cierre de la frontera ordenado por Venezuela.
Distinto de otros expresidentes, que o pasan a retiro y nada quieren saber de la vida pública o que se mantienen en ella contra viento y marea, Gaviria prefiere estar al alcance de la mano del presidente de turno, para apoyarlo si es del caso, o para indicar cómo se deben enfrentar ciertas situaciones.
En esta crisis, no hay duda de que Gaviria ha sido clave, al menos para llevar al presidente, Juan Manuel Santos y a la canciller, María Ángela Holguín, a permanecer en el camino de la sensatez, de la cordura, en fin, de la diplomacia, única vía válida en la búsqueda de soluciones.
Si se necesita de alguien que se exalte y que levante la voz y que reclame con la energía necesaria, para eso están otras personas, incluido él, como lo demostró en una reciente entrevista radial con la que el país se sintió identificado y bien interpretado.
Que sus planteamientos, como el de que Colombia deba retirarse de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) sean acatados por el gobierno o no, a Gaviria no le preocupa tanto como el hecho de que se busquen los mejores mecanismos para que la crisis haga parte de la historia binacional.
Desde luego, las duras pullas a su colega Ernesto Samper, secretario general de Unasur no tienen solamente la intención de hacer una declaración pública, sino que pueden ser interpretadas como un reclamo justo a un organismo internacional que se inclina hacia el lado que su líder lo desea, aunque la equidad y el equilibrio quedaran en cuestión, como está ocurriendo.
Figuras como Gaviria hacen falta en los países, porque cuando hay confusión se convierten en el faro oportuno e imprescindible, lejos de la tea incendiaria en que otros se transforman.
El mentís enérgico y con voz fuerte que le planteó al presidente Nicolás Maduro en relación con el paramilitarismo, trascenderá, no hay duda, pero más lo harán sus palabras negándole los argumentos al mandatario venezolano: “Los colombianos no se van para Venezuela a buscar trabajo ni comida porque allá no hay. Los colombianos hace mucho tiempo que no se van y nuestras ciudades están es llenas de venezolanos. Eso es tratar de mostrar una fortaleza, como si Venezuela fuera un paraíso y no lo es”.
En el fondo, el mensaje más importante de Gaviria al país tiene que ver con el sentido de unidad en torno de los compatriotas que estaban viviendo y aún viven en Venezuela, y del que hizo destinatario al gobierno de Caracas: el presidente Maduro “tiene que saber que los colombianos estamos unidos en esta circunstancia y que vamos a hacer lo que sea necesario para que respeten a su pueblo”.
Esta advertencia, dicha por un expresidente, tiene un significado; dicha por alguien que, como Gaviria, ha sido rector de la diplomacia americana, tienen otro, muy perentorio y muy serio, y a ella no pueden abstraerse ni Maduro ni otros gobernantes del área que puedan tener similares expectativas en torno de nuestros migrantes.
En esa alocución, Gaviria levantó la voz, pero también levantó el dedo acusador, y eso no quedará en el olvido.
