Construir o reconstruir su pueblo con las manos debe generarle a un hombre sentimientos similares a los que le deja hacer lo mismo con su propia casa. Orgullo, le llaman algunos, y es fuente de satisfacción personal durante el resto de la vida.
Esta experiencia de vida la quiere tener un grupo de gramaloteros enganchados entre los obreros que construirán su pueblo devastado, desde luego, si la sensatez y la lógica logran derrotar a la actitud discriminatoria de la que algunos ya se quejan.
Gramalote ya comenzó a hacerse realidad, gracias a empresas mayoritariamente foráneas, que para cumplir sus contratos deberán enganchar a por lo menos unos 400 trabajadores conocedores de los rudimentos de la construcción, y capacitados por el Estado, a través del Sena y de la Universidad de Pamplona.
Cuando comience en firme la construcción de las 600 y más viviendas y otras obras, hará falta contratar a muchos más personas.
Hace pocos días, el descontento germinó en la obra, y un grupo de volqueteros bloqueó la vida en protesta porque una de las constructoras, de origen vallecaucano y antioqueño, al parecer pretendió ignorar un mandato constitucional que de un modo rotundo prohíbe cualquier tipo de discriminación.
Según los transportadores, la intención de la empresa era la de no contratar a algunos gramaloteros, algunos por razones de sobrepeso, y otros por su baja estatura, argumentadas, al parecer, como causas de rendimiento laboral deficiente.
Hecho o rumor, esto dio origen a que el Fondo Adaptación, responsable de todo el programa de adecuación de Gramalote, convocara a una reunión con las empresas contratistas, durante la que se dejó en claro que la prioridad de enganche laboral es la de los gramaloteros, y la obligación prioritaria de estos, rendir como cualquiera otro de los obreros y trabajadores.
Desde luego, es obvio que por muy gramalotera que sea una persona, y por muy necesitada que esté de un empleo, si su rendimiento no es el que espera y necesita la empresa, pues será reemplazada por otra que esté a la altura de las exigencias.
Distinto es que, entre dos candidatos igualmente idóneos y capacitados para el mismo cargo, la prioridad favorezca a un gramalotero sobre alguien que no lo sea. Es un compromiso oficial.
Es entendible que un empresario prefiera trabajar con personas que conoce y que le rendirán dentro de sus estándares. Pero también debe ser comprensible que, en el caso concreto de Gramalote, sean los hijos de este municipio quienes ocupen todos los puestos de trabajo posibles, si están aptos para ello.
Es parte de las ventajas que otorga el hecho de jugar en nuestro campo, de ser locales. Pero, aunque esto no fuera así, es una de las ventajas de prepararse, como lo están los gramaloteros, para asumir el compromiso de construir de nuevo, con mano propia, las casas, pero principalmente el pueblo, al que 95 por ciento de sus gentes quiere regresar pronto y trabaja, precisamente, para ello.
Esta vez, no propendemos por defender el ser de este departamento a fin de que una empresa de servicios se incline por uno de los nuestros para su gerencia. En esta oportunidad, asumimos la misma postura de exigencia y de defensa, en favor de gente que un día hace casi cinco años despertó y encontró el Cristo de espaldas, que todo lo perdió, menos su orgullo, que estamos prestos a proteger y defender.
