Es hora de ponerle el pecho a la realidad y asumir juiciosamente y entre todos la tarea de determinar dónde está el potencial del departamento y empezar a desarrollar planes para aprovecharlo al máximo.
Después de muchas advertencias, sucedió. El cierre de la frontera marca el inicio de una crisis anunciada, sobre la cual en múltiples ocasiones se pidió prepararnos, diseñar un plan de contingencia para que la emergencia no nos cogiera desprevenidos.
Pero así sucedió y el panorama, aún confuso por la cantidad de noticias, anuncios, discursos y declaraciones referentes al cierre indefinido, apenas empieza a decantarse. En pocos días, si es que perdura como parece, cuando ya se sientan un poco más las consecuencias del cierre fronterizo en la dinámica de zona libre que ha existido sobre todo en los últimos años entre el territorio de Norte de Santander y el Táchira, al menos mientras dure el cierre, empezará a sentirse la crisis social afectando una amplia población que participaba de la cadena del contrabando.
Porque buena parte de la población de Cúcuta, que ganaba su sustento diario de actividades relacionadas con las compra y venta de productos venezolanos, ahora quedará prácticamente cesante. Las cadenas que conforman, por ejemplo, el contrabando de gasolina, generaban tal rentabilidad, que los ingresos daban para mantener tanto a las cabezas de las mafias, como a los pequeños trabajadores del final de la cadena y de paso a los intermediarios de uniforme.
Por tantos años, la facilidad para hacer ‘lo del día’ de esta manera, generó un modus vivendi en el que nunca existió la necesidad real de aspirar a un empleo formal, a un negocio propio o a un mejor futuro.
Hoy, buena parte de esas personas se quedarán sin ingresos, sin el pan que el contrabando les ha garantizado y tendrán que empezar a buscar cómo sobrevivir.
Pero no solo la economía informal se verá afectada por esta crisis. Los empresarios formales y la industria, a pesar de que se han venido preparando para virar hacia el mercado colombiano, aún dependen en gran medida de sus ventas a Venezuela. En 2014, por ejemplo, las exportaciones del departamento hacia el vecino país fueron de 3,5 millones de dólares. Sectores formales como el carbón y la arcilla se ven ya tremendamente afectados.
En ese sentido, la única solución que unánimemente han solicitado los gremios es la declaratoria de emergencia económica, mientras se establece un plan más robusto que permita diversificar sus mercados de exportación para así fortalecer la economía y el empleo de la región.
Quizás este cierre de la frontera, que sin duda en el presente inmediato va a sacudir la economía del departamento, era lo que Norte de Santander necesitaba para cambiar de rumbo y dejar atrás, de una vez por todas, su dependencia de Venezuela y de sus males.
Obligarnos a repensar el futuro económico de todos en una región donde siempre se ha vivido del intercambio comercial, puede ser una oportunidad única para empezar a transformar la visión de quienes hasta hoy, por obligación o por conformismo, vivían de la informalidad. La tarea que debe iniciarse no será fácil. Implicará de la solidaridad del Gobierno y de todo un país que debe entender que en Colombia, este departamento que hace parte de su territorio y ha sido siempre tan dejado de la “mano de Dios”, los necesita.
Es hora de ponerle el pecho a la realidad y asumir juiciosamente y entre todos la tarea de determinar dónde está el potencial del departamento y empezar a desarrollar planes para aprovecharlo al máximo, exigiendo también al gobierno central el cumplimiento de las promesas que en infraestructura de 4G se han realizado, puesto que ello hace parte muy importante del cambio de modelo que necesita la región.
Es en las crisis cuando surgen las grandes estrategias. Dure poco o dure mucho la coyuntura actual, debemos hacer de esta, una oportunidad para empezar a pensar en ello y actuar en consecuencia.
