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Editorial
Libertad para Daniela
Los niños tienen derecho a estar especialmente protegidos y no ser involucrados en la comisión de delitos.
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Viernes, 5 de Junio de 2015

Todo delito es repugnante, pero el secuestro lo es más. Así, el secuestro de una niña debe generar el mayor de los rechazos aun en esta sociedad, tan acostumbrada a todos los abusos, a todos los atropellos, a todas las violaciones de las leyes penales.

Porque, a los delitos, la sociedad colombiana está tan acostumbrada que se ha hecho insensible. Desde luego, ¿qué más se puede esperar de un país en guerra desde hace 60 años, sabiendo que la guerra no es otra cosa que la suma de todas las bajezas y aberraciones, en fin, de todo lo malo de que es capaz el ser humano?

Pero, un secuestro como el de Daniela Mora tiene que mover como un solo ser a todos los colombianos, tiene que generar un repudio como hasta ahora no ha ocurrido en el país, una movilización sin precedentes en procura de su liberación inmediata, y un ruego ferviente para que los captores la respeten íntegramente. Es una niña.

Este secuestro es un acto deplorable que viola de manera brutal los derechos humanos de Daniela, es contrario a las leyes penales, a la Constitución Nacional y a tratados internacionales como la Convención Internacional Sobre los Derechos de los Niños, el Pacto de las Naciones Unidas sobre los Derechos Civiles y Políticos, la Convención Interamericana de Derechos Humanos y la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra la Desaparición Forzosa.

Los niños como Daniela tienen derecho a estar especialmente protegidos y no ser involucrados de manera alguna en la comisión de delitos. Mucho menos, en acciones tan graves como las que corresponden a un secuestro en el que la víctima es, precisamente, ella.

Es una niña de 11 años. Por eso, su secuestro debe terminar de inmediato; no hay una sola razón, por muy poderosa que parezca, que justifique retener contra su voluntad a una pequeña inocente de todo, exponiéndola a riesgos que jamás correría si estuviera en casa con sus padres y su hermana.

Para los niños, el secuestro de uno de ellos es el secuestro de todos; el impacto que sufren cuando se enteran de un hecho de esta naturaleza es tal, que todos creen que pueden ser víctimas de secuestradores en cualquier momento. Se sienten víctimas potenciales permanentes. ¿A razón de qué causarles tanto daño?

En momentos en que la gran mayoría de los colombianos buscamos, a través del diálogo, ponerle fin a la guerra que ha marcado la vida de todos, en la que el secuestro ha sido una permanente forma de financiarla por parte de la guerrilla, ¿qué sentido tiene insistir en prácticas violentas como secuestrar a alguien a cambio de dinero o de lo que sea?

Dejar en libertad a Daniela ya es un imperativo moral y legal; el secuestro, un delito que ha descompuesto tanto a esta sociedad, y que está en retroceso, no puede dar coletazos que perjudiquen a los niños. A nadie, en realidad.

Desde estas páginas insistimos de manera franca en la necesidad de que Daniela recupere su libertad sin más daño que el sufrido por el impacto de su cautiverio, a fin de que este episodio negro quede en su memoria solo como una especie de rápida pesadilla. No es justo mantenerla privada de su libertad, como no es justo hacer sufrir a una familia joven dedicada al servicio público.

Daniela es solo una niña. Liberarla deberá ser la mejor noticia de hoy.

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