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Editorial
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Durante todo este tiempo, el gobierno pareció dedicarle más recursos al esfuerzo por convencer a Uribe y los opositores.
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Miércoles, 22 de Julio de 2015

Todos los procesos históricos incluyen eventos de sorpresas que los estimulan y los impulsan, cuando algunas señales parecen indicar que están estancados.

Son episodios que ni los más optimistas prevén, porque lo normal es considerar que todo se mueve por algo parecido a la inercia inalterable.

Por eso, llama mucho la atención el hecho de que el expresidente Álvaro Uribe Vélez, en actitud sorpresiva y sorprendente, haya declarado de manera pública en el Senado, que siente “algunos asomos de tranquilidad” por razón de afirmaciones del negociador del gobierno en La Habana, Humberto De La Calle Lombana, que fueron más del gusto y del sentido semántico del expresidente que otras anteriores.

Con su actitud, Uribe pareció sintonizarse en una frecuencia cercana a la del gobierno en torno de los aspectos realmente importantes y definitivos de los diálogos de La Habana con las Farc.

Ocurrió en el debate sobre el proceso de paz en el Senado, una de las contadas oportunidades en las que el gobierno y la oposición han echado mano de la seriedad que debe regir las relaciones de las dos partes durante la negociación de un acuerdo que permita que la guerra termine y los factores que le dieron origen se superen.

Hasta ahora, el diálogo entre gobierno y oposición no había existido: durante los meses que llevan las negociaciones, Uribe y su círculo más cercano se habían dedicado, sin excepción alguna, a lanzar críticas punzantes, con la pretensión de obligar al presidente Santos a cambiar su postura por una cercana a la de ellos.

Durante todo este tiempo, el gobierno pareció dedicarle más recursos al esfuerzo por convencer a Uribe y los opositores, que por explicarles a los colombianos no solo el contenido de los acuerdos sino la medida de lo que se ha venido avanzando.

Solo que Uribe permanecía inamovible en sus criterios, probablemente consciente de los dividendos que le dejaba su papel de no querer escuchar, pero mucho menos permitirse un acercamiento teórico al discurso de Santos y de De La Calle.

Pero, además, logró colonizar un importante espacio en las redes sociales, desde donde criticaba con dureza y rudeza desacostumbradas en personajes como él, no solo el proceso de diálogo sino cualquier medida de gobierno. Para algunos, el papel de Uribe era el de oponerse por oponerse, y a veces, el de algunos funcionarios, el de provocarlo.

Durante muchos meses el país ha sabido que un acuerdo con las Farc incluye la entrega de armas por parte de los guerrilleros. Sin embargo, siempre el gobierno habló de dejación —y las Farc lo imitaban—, término que Uribe nunca aceptó y que era una motivación más para sus trinos.

En el Congreso, el martes en la noche, De La Calle habló de la entrega de armas, y casi como por encanto el expresidente reaccionó complacido: “Creo que hay cambios entre lo escuchado esta noche y lo que hemos escuchado muchas veces: ya se habla de la entrega de armas y se ha dejado la palabra dejación”, dijo Uribe

Sin embargo, Uribe insiste en que con los acuerdos sí se está afectando el modelo económico del país, lo cual es inaceptable para sus convicciones, lo cual seguirá defendiendo por encima de todo.

De todos modos, registramos con beneplácito ese paso dado por Uribe en busca de sintonizarse con el gobierno, de acercarse a algunas de las definiciones que se van dando en el camino de las conversaciones de paz y que pueden ser de utilidad en torno de un proceso, en el que se necesita avanzar a mayor velocidad y en cuya dilación podría tener algo que ver la postura del expresidente.

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