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Editorial
Ni tanto ni tan poco
A Santos le corresponde el muy difícil papel de hacer las cosas entre el ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre.
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Lunes, 14 de Septiembre de 2015

Muy pocos quisieran estar en los zapatos del presidente Juan Manuel Santos estos días de convulsión. No es nada envidiable su cargo, aunque se trate del más alto de todos.

Con un vecindario internacional dispuestos a causarle problemas a Colombia, y con una opinión pública interna que presiona porque sí o porque no, ejercer la presidencia de la República suena a una misión que nadie quisiera.

Al menos en Venezuela, que generó la peor crisis fronteriza de la historia reciente de los dos países, todos los altos funcionarios están dedicados a mentir, a negar la realidad y a exasperar al gobierno colombiano.

Y, al menos con la opinión pública, han logrado generar una matriz de opinión según la cual el presidente Santos está actuando de manera equivocada, pues a cada mentira de la canciller Delcy Rodríguez, por ejemplo, no le responde con puños cerrados, amenazas y gritos destemplados.

Hay que tener en cuenta que el gobierno venezolano necesita un pretexto cualquiera para tomar decisiones irreversibles, como la de reaccionar con energía y argumentar que le toca aplazar las elecciones, que pretende eludir, para que la revolución bolivariana viva.

Y que responder con dureza a las provocaciones solo eleva la tensión y genera las condiciones necesarias para que las vías de hecho se hagan ineludibles. Así, un conflicto sería la opción más expedita.

Desde luego, asumir una postura de debilidad lleva a que en el caso de Venezuela los discursos se endurezcan, para hacer ver a la contraparte más débil de lo que de verdad es y ha demostrado.

A Santos le corresponde el muy difícil papel de hacer las cosas entre el ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. Es decir, debe medirse en cada palabra, en cada gesto, en cada idea que exponga en respuesta al gobierno de Venezuela.

Quizás muchos colombianos no lo entiendan en la medida de la prudencia sino del miedo y del temor, pero el tiempo le dará la razón al mandatario y a todos los que creen que siempre es mejor mantener la calma y la mesura, que dejarse llevar por la ansiedad y la excitación del momento.

De la sensatez con que se actúe en situaciones como esta en que un mandatario pretende llevar la beligerancia de su espíritu a situaciones prebélicas depende el futuro de la Nación, depende el futuro de todos los colombianos.

¿Hay necesidad de provocar en un presidente deslenguado una actitud arrebatada que lleve a incendiar la frontera y lo que hay en ella? ¿Hay, realmente, necesidad de que los cañones se expresen en vez de las personas? ¿En verdad la hay?

¿Es oportuno, por lo menos, que después de tantos esfuerzos para ponerle fin a la guerra interna de casi 60 años, no hagamos lo necesario por evitar otra, que puede llevar a una catástrofe inimaginable? Creemos que no.

Otra debe ser, desde luego, la actitud de todos, en caso de agresión de Venezuela o del país que sea.

Pero, por ahora, los caminos de la diplomacia, así nos parezcan inadecuados, por la falta de dureza en las acciones, son los únicos que nos permitirán salvar este escollo con la firmeza necesaria para demostrar que cuando se tiene la razón no es necesario alzar la voz, y que nos permitirá darle un ejemplo y una lección inolvidable al vecino atrabiliario.

Del otro lado de la frontera necesitan pretextos para argumentar el aplazamiento de unas elecciones que pueden llevarlos a la derrota.

Lo mejor que se puede hacer de este lado, es evitar darles ese pretexto, evitar que ellos puedan señalarnos como la razón de la ruptura democrática.

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