La anticipación —el arte de sacar el paraguas antes de la lluvia—, que para un presidente, por ejemplo, debe ser una forma ineludible de gobernar, es, a veces, tan escasa como el sentido común.
Con cierta insistencia, desde estas páginas hemos sugerido la necesidad que los cucuteños tenemos de estar listos a eventualidades que puedan convertir a esta ciudad en un foco de atracción masiva para personas que viven en Venezuela.
La crisis humanitaria generada por el cierre sorpresivo de la frontera y todos los episodios posteriores, como deportaciones y repatriaciones masivas, bloqueos…, demostraron que en materia de anticipación nuestros gobernantes regionales nada tienen par que les envidien otros.
Creer que algo no puede pasar solo porque otro nos lo hace ver es actitud de la soberbia natural que acompaña siempre a quienes asumen el liderazgo popular.
La muy agitada actividad política en el otro lado de la frontera podría, en uno de esos momentos en que se cree que nada pasará, desembocar en una tragedia de enormes dimensiones, una hecatombe que podría obligar a millones de personas a buscar refugio. ¿A dónde podrían ir millares de personas a intentar salvar la vida? A Cúcuta, que no queden dudas.
Y ¿está Cúcuta preparada para convertirse en centro de refugio de todas esas personas? La respuesta es no. Y quedó demostrado desde el primer día de la llegada de deportados y repatriados: si no hubiera sido por la ayuda del gobierno central, el caos hubiera sido la nota característica de ese éxodo.
El hecho de que hasta ahora entre Colombia y Venezuela no haya estallado un conflicto bélico por razones fronterizas no significa que esa posibilidad se pueda descartar sin mayor análisis. El conflicto de baja intensidad que ha enfrentado a los dos países puede escalar en cualquier momento.
Pero, mirando dentro de Venezuela, lo que está planteando no es un conflicto fronterizo, “toda vez que la disputa no se desata por territorios, sino porque en la zona limítrofe no hay un sistema efectivo de controles”, sino una serie de acciones de distracción por parte del gobierno de Nicolás Maduro, para quitar presión sobre las elecciones del 6 de diciembre.
Ya la dictadura argentina se inventó la guerra de Las Malvinas, y lo perdió todo: gobierno, guerra, economía...
Y es aquí donde está una clave. Presionado por el pueblo, Maduro podría ir más allá de donde ha ido con las leyes habilitantes, y asumir poderes dictatoriales plenos, lo cual podría derivar, casi de inmediato, en un levantamiento general que solo podría ser controlado mediante el uso de las armas. Y unas armas llevarán a otras.
Y, aunque para situaciones como esta muy pocos países están preparados, anticiparse a los acontecimientos es lo mínimo que se puede hacer, y más ante una situación tan volátil como la que se está configurando en Venezuela.
Anoche, nada más, el presidente Nicolás Maduro prácticamente amenazó a Guyana: si nos buscan, nos encuentran, les dijo en tono más que admonitorio, en otro episodio del diferendo por el Esequibo, la rica región que los dos países disputan desde hace varios años.
Venezuela no tiene garantizada su tranquilidad interna; es más, quizás es de los pocos países americanos que está en mayor riesgo de saltar en pedazos por razones eminentemente internas.
Y cuando algo así ocurre, la gente corre en busca de la frontera más cercana. Y, para bien o para mal, es la de Colombia. Solo que acá no advertimos de lo que puede suceder, y no nos preparamos.
