Es una situación inexplicable: el Catatumbo ha puesto, durante un siglo, todo lo que tiene, para beneficiar a Colombia. Gracias a su petróleo y a otras riquezas, el país logró colarse en el mundo en desarrollo a pasos más rápidos que otros países de Latinoamérica. Colombia le debe mucho al Catatumbo, y le seguirá debiendo…
Aunque, ¡vaya paradoja!, en la realidad, parece como si la deudora fuera esta despreciada y olvidada región plagada de males que la devoran viva y a la que hasta su propio departamento mira como si se tratara de un lastre que tiene que arrastrar.
El trato que recibe de parte del Estado recuerda el que le otorgan los deudores a los acreedores abusivos: displicente, rencoroso, teñido de disgusto y de desprecio.
Hace pocos días, reporteros de La Opinión se encontraron, de manos a boca, con una jornada dramática y muy reveladora, similar a las que viven casi a diario los habitantes de la zona: el bloqueo de uno de los 18 rudimentarios pontones que tiene la vergonzosa carretera que une a Tibú y el Catatumbo con el resto del planeta.
Durante horas, decenas de camioneros y viajeros tuvieron que dedicar todas sus energías a despejar el paso sobre uno de estos pontones, bloqueado por razón de un enorme camión que sufrió una avería por razón de unas latas del piso, que por accidente, o por lo que fuera, cayeron al fondo del río del lugar.
Triunfó la voluntad de la gente sobre el desapego y la negligencia del Estado, como ha triunfado muchas veces antes y seguirá triunfando: en el pontón, niños que faltaron a la escuela se tiraron al agua y recuperaron planchas de acero y tubos que siempre caen al cauce. Es la misma lucha, cada que los pontones, casi centenarios, veteranos de mil pasos de camiones, se cansan, se desbaratan y aíslan la zona…
Pero, el problema no son las láminas que van al fondo de los ríos: el problema es que en esa, una de las más antiguas carreteras del país, aún existan los pontones de cuando la construyeron. Ni siquiera Ecopetrol, que la explotó durante decenios, se preocupó por ponerle a esa vía puentes de verdad, de los que no se caen por el paso de una tractomula, de concreto, como son casi todos los puentes colombianos.
La carretera es ahora del departamento, que es el menos poderoso de quienes pueden mantenerla; pero el trato es el mismo de siempre, para una vía que es de vital importancia para el Catatumbo y por qué no, para Colombia, una de las dos zonas que defi nirán todo el proceso de posguerra, una región de la que, aunque suene duro, podría darle origen a otra guerra, pues las causas objetivas de la que el país quiere terminar perdurarían a pocos kilómetros de Cúcuta.
El Catatumbo se siente excluido del resto del país, marginado, maltratado por una tras otra administración departamental: lo dicen sus campesinos, Tibú y demás poblaciones, sus indios, sus empresarios, sus pocos electores, sus transportadores...
Los 243 mil millones de pesos de regalías asignados al departamento entre 2012 y 2014 hubieran sido una buena base para comenzar a recuperar la vía que llevará a Cúcuta al Caribe, si es que la carretera Tibú-Convención-La Mata logra salir del archivador. Esa recuperación, sobra reiterarlo, debe dejar los pontones en la historia. Obvio.
De lo contrario, Tibú y el Catatumbo en general tendrán que limitarse a lo que han hecho por décadas: dolerse de que, en lo relativo al transporte por carretera, la civilización no haya logrado pasar de Astilleros. Probablemente, cuando lo intentó, un viejo pontón le cerró el paso.
