Pocas cosas tan ciertas como aquella de que en la guerra no hay ni vencedores ni vencidos, solo víctimas y perdedores.
Así, al terminar, por la razón que sea, quien asuma el poder solo encontrará un país arruinado y un pueblo victimizado.
Es lo que puede ocurrir en Colombia si continuamos como vamos, con las Farc disparando a lo que se mueva y atentando contra la naturaleza.
Lo que hicieron los guerrilleros en Puerto Asís (Putumayo), cuando al detener un convoy de carrotanques petroleros regaron 3.120 barriles de crudo sobre al menos nueve humedales, es una prueba de que la guerra deja perdedores y víctimas.
¿Cómo recuperar la zona del brutal impacto de tanto petróleo crudo corriendo por potreros y caminos hasta llegar a las fuentes de agua? No hay manera. El daño es irreversible, las consecuencias son irrecuperables.
Pasarán muchos años, antes de que la naturaleza se recupere del impacto que sufrió. Pero nunca la zona será la misma que era.
Una situación así fue la que, en 1975, un día antes de asumir como presidente de Angola, llevó a Agostinho Neto, líder de la guerrilla más radical de las tres que combatieron en la guerra civil, a decir que así no valía la pena asumir el poder.
¿A quiénes gobernar, qué administrar, si el nuestro es un pueblo destrozado y agonizante y Angola es un país borrado de la faz de la tierra por nuestra propia mano de guerreros irracionales?, se quejó el líder marxista.
Después de ver las imágenes de lo ocurrido en el sur, cabe preguntarse ¿qué ganan las Farc destrozando el país como lo hacen, contaminando la naturaleza, dejando sin agua a las comunidades más necesitadas de ella?
¿Son, acaso, la gente más pobre y la naturaleza los enemigos de las Farc, para que les den el trato que les dan? Porque en los últimos días han atentado nueve veces contra la infraestructura petrolera, en acciones que necesariamente dejan serias consecuencias para el medio ambiente…
Esto, sin incluir las pérdidas económicas para el país, que deja así de exportar una cantidad de petróleo con cuyos ingresos podría mejorar escuelas o puestos de salud en las zonas de los ataques.
Es probable que los diálogos de La Habana terminen con un acuerdo de paz. ¿Cuál va a ser, después, la actitud de los líderes guerrilleros cuando caigan en la cuenta de los daños irreversibles causados al país con los atentados contra la infraestructura petrolera? Se necesitará muchísimo más que un simple “lo sentimos”, para satisfacer a la naturaleza.
No está demostrado, pero algunas autoridades sostienen que el derrame de Putumayo busca favorecer negocios ilegales de las Farc con crudo robado al Oleoducto Transandino, que refinan en rústicos laboratorios para vender a los productores de pasta básica de coca de la zona.
De ser cierto, hay explicación en el sentimiento creciente de rechazo de los colombianos hacia esa organización guerrillera y la desconfianza con la que están recibiendo los hechos de La Habana.
Sin embargo, la principal inquietud es con la utilidad que un atentado así les puede dejar a los responsables. Obviando lo relacionado con el tráfico de combustible, ¿de qué les sirve a las Farc, o a otra organización, atentar de esa manera contra el medio ambiente? De nada, realmente.
En cambio, además de las pérdidas, al país le cuesta unos cinco mil millones de pesos limpiar el área del derrame. Eso es un desperdicio enorme de dinero.
¿Esa será la manera de las Farc de entender la economía?
