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Editorial
Teología del pueblo
Solo “diálogo y participación sin exclusiones” permitirán que “los logros en progreso y desarrollo garanticen un futuro mejor para todos".
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Lunes, 6 de Julio de 2015

Cuando Jorge Mario Bergoglio comenzó en Argentina a estudiar teología de la mano de Juan Carlos Scannone, en Colombia, el sacerdote Camilo Torres Restrepo ya había muerto arrinconado, marginado, vituperado, obligado por el establecimiento a usar el fusil guerrillero para rubricar su interpretación de la Teología de la Liberación.

Es posible que a Bergoglio entonces le haya llamado la atención el hecho de que fuera un obispo, católico como él, el líder de la que entonces ya se llamaba Teología de la Liberación, una postura política de sacerdotes y monjas comprometidos a fondo y a su manera con el mandato vaticano de la opción preferencial por los pobres.

Gerardo Valencia Cano, el obispo, y los sacerdotes René García, Domingo Laín, Manuel Pérez y José Antonio Jiménez, por vías diferentes, le hicieron saber, del papa para abajo a toda la iglesia católica, que la opción preferencial por los pobres no podía ser solo palabra escrita, sino acción inmediata, praxis permanente.

Bergoglio debió conocer las palabras de Valencia Cano cuando ayudó a fundar Golconda, el movimiento político y social más avanzado de los católicos colombianos; entonces dijo que se imponía “un cambio de estructuras, pero sin acudir a la violencia armada y sangrienta que multiplica los problemas humanos ni a la pasiva inherente a las estructuras actuales que deben ser modificadas”.

Ese obispo y esos ‘curas rojos’, como los bautizó el poder, pregonaban que “la salvación cristiana no puede darse sin la liberación económica, política, ideológica y social, como signos visibles de la dignidad del hombre”, pero, en especial, señalaban que “la situación actual de la mayoría de los latinoamericanos contradice el designio histórico de Dios y es consecuencia de un pecado social”.

Es, en otras palabras, lo mismo que Francisco dijo al aterrizar en Quito para pedir a los gobernantes “diálogo y participación sin exclusiones”. Solo ello, afirmó, permitirá que “los logros en progreso y desarrollo garanticen un futuro mejor para todos, poniendo una especial atención en nuestros hermanos más frágiles y en las minorías más vulnerables, que son la deuda que todavía toda América Latina tiene”.

Es el mismo discurso que hace medio siglo comenzaron a elaborar, en el seno de la iglesia Católica, pensadores como el jesuita Scannone y como Valencia, Torres y García, y otros curas y monjas latinoamericanos, que creían que la opción preferencial por los pobres era actuar por los pobres, trabajar políticamente por los pobres, y si el caso llegaba, dar la vida por los pobres. Era el sentido del Concilio Vaticano II.

Pero, precisamente, fue en las jerarquías de la iglesia donde cerraron puertas y ventanas para que esa manera de pensar no llegara a los pobres, que nunca supieran que la iglesia Católica los prefería sobre todos los demás, porque se parecían a Cristo y sus discípulos.

La iglesia argentina le dio un giro pequeño al pensamiento de los liberacionistas colombianos, peruanos y brasileños, y planteó que en estos tiempos de globalización, la opción por los pobres debe actualizarse como una opción por los excluidos. En el fondo es lo mismo, porque los pobres siempre estarán en la fila de todos los excluidos.

Y es en esta manera de pensar en la que el papa se mueve con facilidad.

Ni el profético Valencia Cano pudo prever que un día un papa sería aplaudido a rabiar por decir lo mismo que le oyó predicar a Camilo Torres y a todos los sacerdotes de Golconda a los que acogió, estimuló y amó como si fueran los más pobres de los pobres.

¡Qué de vueltas da la historia, qué de vueltas da la iglesia Católica!

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