Ningún candidato a un cargo es más conocido que un cardenal que aspira a ser papa.
Todos los cardenales se conocen unos a otros hasta en las más triviales y leves debilidades y saben, en el momento de votar, que lo hacen por el que creen que debe ser elegido, y no por el que mejor aprovechó sus relaciones y sus influencias. Esta es, al menos, la imagen que se tiene de esas jornadas, en teoría secretas, en las que se designa al titular de la Silla de Pedro.
Que el elegido cambie de opinión después, incluso en los asuntos considerados como inamovibles, por no decir intocables, ya no es culpa de los electores que, como ellos mismos lo pregonan, solo son instrumento electoral del Espíritu Santo, verdadero e infalible elector.
En el caso de Francisco, quizás haya electores que, muy profundo en su alma, pueden sentir algo de disgusto, por cuanto el elegido no es, estrictamente, el mismo que los llevó a respaldarlo. Pero lo olvidan cuando recuerdan que, realmente, ellos votaron, pero no eligieron.
Y el escozor tendrá que ver, sin duda, por asuntos como el de los sacerdotes pederastas, los fieles gais, las parroquias millonarias y los curas ostentosos, la opción preferencial por las minorías y, ahora, los divorciados, que por obra de unas cuantas palabras, sin todo ese secretismo consistorial acostumbrado por siglos, dejan de estar fuera de la iglesia católica.
Ya no quedan automáticamente excomulgados por el solo hecho de divorciarse, como si hubieran cometido el peor de los pecados.
En el fondo, Francisco está diciendo que Dios ha dejado de meterse en el personalísimo fuero talámico de los católicos y en las consecuencias, una de las cuales puede ser el divorcio.
Según Francisco, “estas personas que tras la ruptura de su vínculo matrimonial han establecido una nueva convivencia, no están excomulgadas como algunos piensan, ellas forman parte de la Iglesia, y no deben ser tratados como excomulgados”. Más directo y más claro, imposible incluso en un papa que de ordinario se pasa de claro y de directo.
Sin embargo, defender la filiación de los divorciados a la iglesia Católica no es sino una pequeña parte de todo lo que planteó el pontífice en su audiencia reciente.
Y, en realidad, lo que dijo es lo que siempre se ha dicho, pero que no ha pasado de las palabras, nada que todos los católicos ignoren: “la iglesia es la casa paterna en la que hay espacio para todos”.
Significa que allí serán bienvenidos todos, que de allí a nadie excluirán jamás, porque ese fue el ejemplo de hace 20 siglos, cuando el Hijo de Dios se sentaba a la mesa, sin recelo ni asomo de discriminación, con prostitutas, delincuentes, leprosos, conspiradores, incluso con pobres, es decir, con todos los que, sin saber por qué, con los años las jerarquías no solo excluyeron sino que desterraron del seno de la iglesia.
Ahora, ya se tiene la seguridad —lo dice el papa— de que en la iglesia de Roma todos caben, sin excepciones, sin limitaciones, sin discriminaciones, sin preferencias, en un plan de igualdad absoluto. Es la casa paterna, y en ella tienen cobijo todos los hijos, y más, cuando se supone que el dueño es infinitamente bueno, infinitamente tolerante, infinitamente compasivo…
Y no es que Dios haya dejado de ser un padre así durante siglos, sino que siempre se dio ese fenómeno tan curioso y tan característico de los prelados en el que los papistas fueron más papistas que el papa.
Ahora, el Francisco es el papa, y los demás son los demás, desde el primero de los cardenales, hasta el último de los católicos, pasando por los homosexuales y los divorciados.
