Es chocante, por decir lo menos, ver cómo el más alto juez colombiano se comporta como si se tratara de un vulgar delincuente callejero que, acosado por las acusaciones, prende el ventilador de sus complicidades para ver qué le cae a quién.
Antes de sentarse en el banco de los acusados a rendir indagatoria ante la Comisión de Acusación de la Cámara, en una entrevista para un diario de Montería, Pretelt se dejó venir con acusaciones para sus colegas y compañeros de Corte, sin que le importara nada diferente de su propia salvación.
Pretelt es investigado porque un colega suyo lo acusa de pedir 500 millones de pesos a un abogado para influir a fin de que el fallo de una tutela fuera en favor de una empresa petrolera.
También ha sido señalado de ser propietario de una hacienda que hace unos años les fue arrebatada a sus dueños campesinos por presiones de las poderosas bandas paramilitares que asolaron el país.
Ahora se sabe, gracias a Pretelt, que las sospechosas visitas a magistrados por parte de abogados interesados en que determinados fallos favorezcan a sus clientes alcanzan una frecuencia impresionante. Uno solo de estos abogados visitó más de 200 veces los tribunales en donde se debatían asuntos de su cliente Fidupetrol.
Se trata del abogado de empresarios barranquilleros que tenían interés en que una tutela en favor de la Vía de la Prosperidad saliera adelante, a pesar de que la ministra de Transporte, Cecilia Álvarez, y el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordóñez, se oponían.
Ya antes, el cuestionado presidente de la Corte Constitucional había lanzado una perentoria amenaza a sus colegas que debatían si le pedían o no la renuncia al cargo: “Me salvan o se hunden todos; no me voy solo, no crean que sacando a Pretelt se soluciona el problema”.
Igualmente amenazó hace pocas semanas al Fiscal General de la Nación, y dijo que no permitiría que le tocaran un pelo a su esposa, cuestionada por el lote quitado a los campesinos y que ella compró y luego vendió a él.
Esos comportamientos, impensables en un magistrado de la principal corte de Justicia en Colombia, parecen normales en Pretelt, que acude a ellos cada vez que alguien recuerda que lo acusaron de conductas venales.
Defenderse acusando a los colegas de cosas igualmente irregulares o peores es muy diciente del tipo de cosas que se mueven bajo los escritorios de las cortes, y lleva a preguntarse ¿por qué, sabiendo en detalle todo lo que hoy revela, Pretelt no lo denunció antes?
La pasividad, esa actitud repudiable de callar sobre la podredumbre en las dependencias del Estado mientras no se metan con uno, es también una forma de corrupción. Se es corrupto por acción o por omisión. Y en lo que corresponde a Pretelt, según él mismo lo da a entender, la segunda forma parece que no le es ajena.
De paso, pone en su misma situación a los demás magistrados, incapaces, como lo demuestran hasta ahora, de denunciar hechos que parecen ser de común ocurrencia y de conocimiento general al menos en la Corte Constitucional.
De todas maneras, a pesar del desprestigio que sufre la Justicia, hay que estimular a que, al menos a la manera del presidente de la Corte Constitucional, los magistrados revelen lo que saben.
Ya se pisaron las togas…
