Europa entera era una fiesta: Grecia pedía dinero prestado, y el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) lo daban. Así, una y otra vez, en el eterno juego del banquero deshonesto que no le presta dinero sino que le compra la vida y el alma a su cliente, sin que este se percate, y luego, traición de por medio, lo acogota para que le pague.
Todo, con el visto bueno del sancta sanctorum de la política y la integración, la Comisión Europea (CE). Visto bueno que, para algunos, es complicidad, pues la deuda griega hoy es de 242 mil millones de euros, más de tres veces el presupuesto anual de Colombia.
Nadie, en esos años de préstamos a granel, hizo reparo alguno; ningún gobierno advirtió de nada, ningún banco previó que, a pesar de los duros ajustes económicos, o, precisamente debido a ellos, se iría por el tobogán fueran del parque de la eurozona. Al contrario, toda Europa se llenó de sonrisas complacientes.
Hoy, esos organismos, “la troika”, como la llaman, tienen a Grecia a un pestañeo de la quiebra total. No tuvo el martes cómo pagar apenas 1.600 millones de dólares, y de manera automática pasó a ser el primer país desarrollado en declararse en cesación de pagos, un pecado que de inmediato lleva a su pueblo mucho más allá del infierno.
Son casi 11 millones de griegos que enfrentan un desempleo de 25 por ciento y que, con un gobierno de izquierda al que toda Europa teme, quieren salir adelante, con o sin la Unión Europea, con o sin el euro. Y con medidas económicas a cual más dura.
Luego de cinco años largos de severa austeridad, cada día más pobres y menos competitivos, los griegos respaldaron en las urnas a Syriza, un pequeño partido de corte radical, que prometió ponerles fin a las medidas de austeridad y enfrentar a la troika.
A partir de entonces, la troika comenzó a obligar a los griegos a apretarse el corto cinturón, mientras el gobierno se negaba a aplicar la austeridad. La situación llegó a tal punto que hace tres días, el primer ministro Alexis Tsipras, convocó un referendo para el 5 de julio, a fin de que los ciudadanos decidan si aceptan los dictados europeos a fin de evitar la quiebra mediante un nuevo paquete de medidas, o respaldan a su gobierno, aunque se vayan al fondo del mar y, obvio, se excluyen de la eurozona.
Si esto último ocurre, las consecuencias para la economía mundial aún no están calculadas con precisión: no se especula cuando la soberbia impide creer que un chico se vaya del club de los poderosos. Pero es muy probable que se vaya.
Como consecuencia, otros países de la periferia del euro comenzarían a sentir el cosquilleo del agravamiento de la crisis. España, Portugal e Italia, en ese orden, son los primeros de la lista de espera. Si superan la prueba, los efectos de Grecia quedarán en Grecia y dos o tres vecinos. Si no, las consecuencias de una dura crisis llegarán hasta esta parte del mundo.
La situación de Grecia no solo está revitalizando las enormes contradicciones de la política y la economía europeas, sino arriesgando el futuro del euro, un invento de Bruselas y de los banqueros que está dejando a mucha gente hasta sin el desayuno.
Grecia tiene dos caminos: uno lleno de espinas largas y el otro también: o ajusta su cinturón como lo quiere Europa, o lo hace como le toca, o los griegos dejan de lado el almuerzo, o dejan la cena… Y así podrían estar durante muchos años. Es una tragedia griega de 242 mil millones de euros...
