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Editorial
Tragedia ignorada
Algunos ya se fueron de San Bernardo de Bata y Labateca, de Herrán y Cácota, de Toledo y Chitagá: unos tienen la esperanza de volver.
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Viernes, 26 de Junio de 2015

Son unos pocos miles, son provincianos y son pobres. Quizás es por eso, que la tragedia que los acorrala solo les importa a ellos y a sus alcaldes, y a un muy reducido puñado de ingenieros militares. Son colombianos, como millones más, pero como si no lo fueran. Pelean con todo contra la naturaleza desatada, pero se están cansando.

Algunos ya se fueron de San Bernardo de Bata y Labateca, de Herrán y Cácota, de Toledo y Chitagá: unos tienen la esperanza de volver; otros, en cambio, perdido todo, arrastrado por las tierras deleznables, optaron por perder también toda esperanza.

Desde hace un mes, a los municipios del sur del departamento los azotan tantos aguaceros que parecen uno solo, interminable y peligroso, que se llevan las casas y las huertas y las calles, y desfiladero abajo las tiran a ríos y quebradas. Además, bloquean carreteras y caminos con derrumbes monumentales y mantienen incomunicadas a esas comunidades.

Las gentes están desoladas (no duermen, y según dijo un empleado de salud, se hace urgente alguna clase de apoyo sicológico), enfermas, tristes, y sin la esperanza que alguna vez pusieron en el Estado. Ahora, con sus alcaldes a la cabeza, están dedicadas a la oración y a las rogativas, en un intento porque alguien contenga la tragedia que presienten.

Estudios científicos aconsejan que de algunos lugares es necesario evacuar casi de inmediato a los habitantes. El problema es que, en la zona, no hay sitio ni para ellos ni para nadie: la cordillera Oriental misma en esta zona está permeada por el agua, que no deja de caer.

Si, en un caso hipotético, fuera solo San Bernardo de Bata el evacuado, ¿a dónde llevar a sus 1.500 habitantes, y de qué manera acomodarlos? Porque, como los abuelos dicen, el gobierno ‘no ha podido con San Juan, mucho menos con San Pedro’. Si es una pesadilla Gramalote luego de cinco años de promesas, ¿cómo sería la situación con otro pueblo en las mismas condiciones? ¿Y si también hubiera otros?

Ante este panorama, hay que entender a los habitantes de Cácota con la rogativa a la Virgen de los Dolores y a San Isidro Labrador, y a los de Labateca con su plegaria masiva, y a los de Toledo y su misa de ayer, y a su alcalde, Yorjan Triana, cuando dice que “esperar es lo único, y pedir que mi Dios se compadezca y nos quite tantico el agua”.

Los militares hacen cuanto pueden para mantener la Carretera de la Soberanía en condiciones transitables, pero cada día los derrumbes y las inundaciones hacen que los trabajos se pierdan. Hay sectores aislados, porque ríos y quebradas desbordados bloquearon carreteables y destruyeron puentes, y las gentes han tenido que acudir a los caballos o a caminar largas distancias para buscar lo que necesitan.

¿Sabrá Colombia de lo que ocurre hoy en estos pueblos nortesantandereanos? No lo parece. Ya hubieran llegado al menos mensajes de solidaridad. Porque, la verdad, las gentes se están defendiendo solas, casi con las uñas, hasta donde pueden.

Y no se trata de hacer dramática la situación, es que realmente es angustiosa, en una realidad que, dentro de poco, podría traerle serios problemas a Cúcuta en cuanto a su abastecimiento, por cuanto la ruta de Arauca está bloqueada en varios tramos, y la alternativa, Yopal-Sogamoso-Cúcuta, puede sufrir las mismas consecuencias: el ímpetu del río Cusiana se está comiendo la carretera a ojos vista.

¿Qué hacer? Ayudar a esas gentes con todo lo que necesitan. Desde luego, todo depende de cómo se comporten las lluvias. Y, si esto no funciona, tal vez la clave la tenga el alcalde Triana: “Falta bañarme con cariaquito morado: si los rezos no funcionan, al menos que lo haga la suerte”.

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