El peor Estados Unidos, el racista, el xenófobo, el discriminador, el extremista, permitió que esta que pasó sea, para la historia, una de las semanas más gloriosas de ese país multicultural y multiétnico, pero deprimentemente dividido y prejuiciado.
La matanza de Charleston (Carolina del Sur, estado que con su negativa a dar libertad a los esclavos disparó la Guerra Civil), donde el supremacista blanco Dylann Roof, de 21 años, acribilló a balazos a nueve negros que oraban, entre ellos un pastor, le dio a Estados Unidos la ocasión de escuchar uno de los discursos más impactantes de presidente alguno en ese país.
Era el presidente negro Barack Obama hablando en el funeral de un negro, ante una audiencia negra, en una iglesia negra, recordando la larga historia de racismo y de miseria, en un estado racista por antonomasia, mientras un país mayoritariamente blanco escuchaba en silencio y meditaba sobre esa caverna que es el Sur Profundo.
Fue el último día en que, en las astas de varios capitolios estatales, ondeó libre la bandera de la Confederación, un símbolo histórico que Roof convirtió en objeto de repudio, hasta el punto que los gobernadores recalcitrantes blancos y republicanos ordenaron bajarla, ante la creciente presión de los ciudadanos conmovidos.
Y, entonces, la historia de Estados Unidos comenzó a ser otra, impulsada por decisiones de la Corte Suprema que les dieron vida a las minorías de homosexuales y de pobres tan pobres que parecen del Tercer Mundo, porque también mueren en su casa sin siquiera la ayuda de una aspirina, mucho menos de un médico. Casi todos son negros o inmigrantes.
Obama había creado un seguro médico para 35 millones de pobres, pero la prepotencia y el espíritu discriminador de los republicanos se opusieron a que el ObamaCare se hiciera realidad. Hubo que acudir a la Corte, que lo declaró afín a la Constitución. Ahora solo queda financiarlo.
En el Senado, de mayoría opositora, Obama logró de manera sorpresiva una victoria que le permitirá, cuando la Cámara también apruebe, disponer de facultades especiales para negociar tratados de libre comercio con Asia y Europa, algo a lo que, paradójicamente, se oponen algunos congresistas de su partido demócrata.
Luego, de nuevo por cuenta de la Corte Suprema, se materializó otro triunfo para el presidente, cuando el matrimonio homosexual fue declarado constitucional en todo el territorio de Estados Unidos, y dejó a los estados y a los gobernadores más conservadores y retrógrados sin argumentos para seguir negándose a casar a parejas del mismo sexo.
El solo hecho de que todo el sur comience a ceder en cuanto al uso de la famosa bandera confederada (un rectángulo rojo cruzado por diagonales azules con estrellas blancas) y a otros símbolos de la derrotada Confederación, es ya una ganancia enorme para todos los estadounidenses. Eran símbolos sagrados del sur que dejaron de serlo.
Solamente este logro pone a Obama en otro nivel sobre los demás presidentes, y desactiva conductas racistas que han sobrevivido al repudio mayoritario y a la infamia.
Una síntesis incompleta de lo ocurrido estos días en Estados Unidos la ilustró el caricaturista Bob Englehart para el Centro legal de pobreza del sur: en tanto que la bandera confederada es arriada de su asta, la del arco iris, símbolo del orgullo gay, es izada, para reemplazarla.
Desde esta semana, como escribió un analista sobre Estados Unidos, después de la matanza de Roof, “esta diversa y rencorosa nación, a menudo en conflicto, se hizo un poco más libre, más generosa, un poco más consciente de su pasado y ligeramente más progresista de lo que era antes”.
