Para quienes defienden la idea, se trató de un reajuste de solo 4,66 por ciento. Pero, quienes no están de acuerdo, hacen cuentas rápidas y argumentan que ese 4,66 por ciento equivale a 1 millón 100 mil pesos mensuales, más o menos, y esa suma es el reciente aumento salarial para los 299 congresistas.
El alza está por encima del Índice de Precios al Consumidor (IPC), que llegó a 3,66 por ciento, base para los reajustes salariales de todos los colombianos. ¿Cuál es la explicación de por qué los congresistas tienen mayores beneficios? Nadie la tiene.
Es un reajuste que a unos ofende, porque, dicen, llega en momentos en que se reafirma la realidad de centenares de miles de colombianos que se han ido al exterior para no seguir enfrentados a una vida de privaciones y de necesidades insatisfechas.
También, enfurece a otros, porque creen que la relación costo-beneficio entre lo que hace un congresista y lo que se le paga es realmente muy negativa para el país. Y molesta a todos, porque llega cuando “el país no muestra sus mejores números” y se generan tantas consecuencias negativas.
Pero, molesta mucho más saber que una modificación en el asunto salarial de los congresistas no es posible sin una reforma constitucional que, de todos modos, no pueden promover ellos, por cuanto, como lo explicó el senador Luis Fernando Velasco, ellos son parte directamente interesada.
Realmente, el dinero —25,8 millones de pesos mensuales— es una fortuna en un país donde la norma salarial es el mínimo legal, con la que se paga, además de un trabajo, una cierta dosis de decoro, que no se percibe, y buena dosis de compromiso, que no existe, salvo en un reducido grupo de congresistas.
“Para hacer leyes me basto yo y no necesito que me paguen por eso”, afirman algunos que decía Gengis Kan. “Ustedes, consejeros y generales, dedíquense a hacer lo que tienen que hacer, para eso reciben pago… o permitan que otros los reemplacen”.
Hombre sabio, sin duda, aunque sus enseñanzas se hayan quedado escritas en los libros de historia y no hayan llegado a oídos de nuestros burócratas y de nuestros legisladores, que no hacen lo que tienen que hacer ni permiten que otros lo hagan en lugar de ellos.
El ausentismo, mal endémico de nuestro Congreso, y la costumbre de firmar la asistencia a las sesiones, salir y no volver, para dejar constancia de que el legislador sí estuvo presente, son razones importantes para el serio disgusto de los colombianos, que ignoran por qué no hay sanciones drásticas contra quienes actúan irregularmente.
En verdad, no hay equidad, no se corresponden lo que ganan los congresistas y lo que hacen, o al menos no hay manera de justificarlo sin apelar a ficciones como que lo que reciben es una especie de símbolo correspondiente al honor de ser legisladores y que, por lo tanto, deben tener ingresos dignos.
Como si la dignidad se midiera en pesos o como si la dignidad exigiera millones y millones para tener validez. Solo que pensar así descarta que otros colombianos, que ganan muchísimo menos, puedan ser dignos. Y esa es una ofensa.
Tiene razón el presidente de la Escuela Nacional Sindical (ENS), cuando afirma que ese aumento de salario para los congresistas no es muy presentable, pues para el contexto de todo el país “es exagerado”.
Es un tema de falta de responsabilidad, de tener mayor conciencia de las dificultades fiscales, de las finanzas públicas por lo del petróleo, la devaluación, los problemas sociales, la salud, y, ahora, la crisis fronteriza, dice y tiene razón.
Y más la tiene cuando plantea que “es lamentable que quienes tienen mayores capacidades de ingresos no hagan un pequeño sacrificio”.
