En medio de la crisis fronteriza, que en parte comenzó la semana pasada con la fuga de Megateo y continuó con las medidas excepcionales del gobierno venezolano, en pleno auge del precio del dólar y su impacto en la economía, y las quejas y denuncias de la campaña electoral, su espectacular sonrisa es un bálsamo reconfortante, y sus logros, un estímulo como pocos para los colombianos.
Catherine Ibargüen, la sonrisa voladora, se hizo otra vez campeona mundial de salto triple, en el remate de una increíble serie de dos años seguidos de triunfos, en la que no perdió jamás el primer lugar y en la que terminó por pasar a la historia como una de las mejores deportistas colombianas de toda la historia.
Ahora, ya no es una simple campeona, la mejor, pero una más, en el escalafón de las mejores saltadoras de todos los tiempos: Catherine Ibargüen es una diosa negra del más exclusivo Olimpo deportivo, el de aquellos que, a base de esfuerzo, de sacrificio y de constancia se hacen símbolos de un país.
Porque, ¿quién niega que Ibargüen es a Colombia tanto como café, esmeraldas, orquídeas y mariposas juntas?
Se ha hecho dueña de cuantos campeonatos se han cruzado en su largo camino de deportista trotamundos, y ahora solo espera, y con ella todos los colombianos, que le ponga, como ella dijo, “la cereza que le falta al pastel” de su inagotable afán de triunfos.
Vendrán ahora los Juegos Olímpicos de Rio 2016, y sin duda allí estará ella, con el poder de sus piernas dispuesto a lo que sea necesario para conquistar el trozo que le falta de la gloria desde cuando salió de su Apartadó del alma en busca de derrotar a la pobreza y a la debacle de sus papás como pareja.
De esta mujer importan, claro, sus registros, sus campeonatos, sus triunfos, sus piernas de eternidad, su técnica tan depurada, su poderosa condición física que la hace imponente desde su metro con 80 de hermosísima negrura.
Pero, lo que realmente la hace una diosa en todos los estadios, donde millares y millares de espectadores la siguen hipnotizados por donde quiera que se mueve, es esa manera de ser que, mientras sonríe, la lleva a convertirse en la superfavorita aun sin comenzar la competencia.
Ya en competencia, gesticula, sacude su musculatura, sonríe, se mueve con la sinuosidad de una pantera, se habla, sonríe, mira a todos sus súbditos, les ordena que hagan sonar sus palmas de manera rítmica, respira, sonríe y se lanza como bala de cañón. Su cuerpo es una máquina. Luego de un vuelo de segundos, aterriza sobre la arena del foso, sonríe, mira hacia el tablero marcador, levanta su mano y saluda y otra vez sonríe.
Entonces, es otra vez la parsimonia, la calma, el silencio, la sonrisa, mientras viene su siguiente salto. A veces, cuando falla, porque a pesar de todo también ella comete errores, se lamenta y sonríe.
Porque a si a Catherine Ibargüen le dieran puntos por sonreír, sería igualmente campeona mundial.
Pero es superatleta, y ahora su nombre va de boca en boca por el mundo, junto con el de Colombia, y a donde quiera que va aplauden, hacen venias y rinden honores. A ella y a Colombia, porque son dos realidades inseparables. Por fortuna para este país.
Separada de sus padres por razón de la guerra, Catherine Ibargüen es la prueba viva de que más allá de la violencia siempre hay un mundo mejor, lleno de esperanzas, en el que es posible sonreír y sonreír.
Y ganar el mundo a saltos.
